Nº2.- La única patria, por Ricardo Menéndez Salmón | Itaca Escuela de Escritura

Nº2.- La única patria, por Ricardo Menéndez Salmón

«Todo ser humano necesita una patria, pero 
no una tal como la entienden algunos patrioteros 
primitivos, ni tampoco una religión, insulso anticipo 
de una patria ultraterrena. No, una patria en la que 
el suelo, el trabajo, los amigos, las diversiones y el 
propio espacio espiritual confluyan en un todo 
natural y organizado, en una especie de cosmos 
personal. La mejor definición de patria es: 
biblioteca».

Quien así razona, en el teatro solemne de su conciencia, es Peter Kien, el sinólogo por boca del cual Elias Canetti, uno de los mayores escritores del malhadado siglo corto, expresó, en el cuerpo de su única novela, la misteriosa y deslumbrante Auto de fe, lo que el crítico John Bayley ha considerado «la tentativa más excepcional encaminada a imaginar la naturaleza auténtica» de la pasada centuria.

Somos algunos, no demasiados, quienes compartimos la fe de Kien en una patria de papel, construida no sobre la continuidad física del espacio y sus fronteras, sino sobre a 
corriente dialéctica del tiempo, y en la que Esquilo pueda dialogar con Don DeLillo sin faltar a una lógica íntima e innegociable: la de la imaginación.

Al fin y al cabo, como la dentición o el lenguaje, las vocaciones son tempranas, y ningún censor, por mucho que lo pretenda, puede mutilar el vuelo de la fantasía. En Las raíces del cielo, la bellísima novela de Romain Gary a propósito del expolio del continente africano, su protagonista, Morel, antiguo prisionero de los campos de concentración alemanes, explica cómo para sobrevivir a la privación de libertad imaginaba manadas de elefantes corriendo por la sabana como implacables máquinas guerreras. Mutatis mutandis, dueñas de un símbolo que ningún verdugo de rostro pretendidamente humano podría arrebatarles, cuántas conciencias, a lo largo de la Historia, no habrán hecho del libro su particular elefante.

Muy pronto uno adquiere las costumbres que dibujan sobre el bastidor de su vida lo que un día será. Si es cierto que la infancia es el instante decisivo en el orden del 
carácter, será en ella donde habrá que rastrear la cartografía de esos ríos íntimos que vertebran lo mejor y lo peor de cada uno de nosotros, el territorio que con mayor fidelidad descubrirá nuestras luces y sombras, nuestras comarcas de regocijo y de impiedad, los escenarios futuros donde significarse.

Verano del año 1980. Una casona asturiana en el pueblo de Sales, muy cerca de Colunga y no muy lejos de la playa de La Griega. Grandes retales de sol se cuelan por una claraboya rota. El tiempo me observa detenido desde la cola de un perro de escayola y los muebles crujen poseídos por la música de la carcoma. Sobre un aparador, junto a 
una jofaina y una toalla para las abluciones, dos libros en octavo, con pastas verdes, sonríen al niño travieso. Pleonásticamente se titulan Cien personajes capitales en la 
historia de España y Otros cien personajes capitales en la historia de España. En el primero se concitan las hazañas de Pelayo, Trajano o Séneca; en el segundo, nacido por obra y gracia de la ingente cantera patria, las crónicas se hacen eco de las gestas de Lope de Aguirre, Francisco de Goya o Ricardo Zamora. Estos libros aún no me interesan. Por ahora es un volumen rojo en rústica, sin ilustraciones, el que me robará el sueño durante tres intensos días de agosto. Se titula La isla del tesoro y fue escrito por un escocés que padecía de los pulmones.

Casi treintaicinco años más tarde, sin duda ya gestor de ciertas nostalgias, mi paraíso continúa teniendo forma de biblioteca y una imagen en traje samoano de Tusitala, «el que cuenta historias», recibe al visitante. Todo aquí dentro es polvo, deseo y silencio, y una luz cítrica y augural que conduce por repletos anaqueles hasta un lugar de promisión... Y a su olor, por descontado. Porque el olor del libro es el sumatorio de todos los anhelos, una confusa mezcla de sobriedad y vida dilapidada, un aroma orgánico aunque a la vez imposible de encontrar en ningún otro cuerpo vivo, nacido para la pudrición y el goce.

Cuando abro un libro y aspiro esa fantástica droga, ya no pertenezco al aquí y al ahora. Sordo al rumor del tiempo, que todo se lo traga, cada libro vuelve a ser aquel primer 
ejemplar de Robert Louis Stevenson del verano de 1980 en una casona asturiana del pueblo de Sales, muy cerca de Colunga y no muy lejos de la playa de La Griega, un verano en el que cada página fue una pálida secuela de las andanzas de Jim Hawkins, en el que cada línea se trazó como la promesa —siempre renovada— de encontrar una historia aún más hermosa y consoladora.

En 1990, el Ministerio de Cultura de Colombia se propuso llevar el libro hasta los últimos rincones del país. La selva y la sierra se llenaron de «biblioburros» que transportaban textos de veterinaria junto a obras maestras de la literatura. Establecido un sistema de préstamo más o menos estándar, no muy distinto al de cualquier biblioteca de nuestro entorno, sólo un título fue «hurtado» por la comunidad lectora: Ilíada. ¿La razón? Que aquella historia de un país desgarrado por la guerra y en la que dioses caprichosos decidían el destino de los hombres, era idéntica a la suya. Quienquiera que fuera Homero, aseguraban los sorprendidos lectores, lo cierto es que había escrito su historia.

Casi trescientos años antes, en 1702, los pobres de Islandia, sometidos a penosas condiciones de vida por los daneses, asaltaron las bibliotecas del país para apoderarse de sus pergaminos y emplearlos como abrigo contra el frío. Advertido de ello, Federico IV de Dinamarca ordenó a un estudioso llamado Arni Magnusson que viajara a la isla 
vecina para rescatar lo robado. Magnusson empleó una década de su vida en desnudar a los ladrones y recuperar un tesoro que, aunque sucio y transformado en vestimenta, logró reintegrar a la corona danesa.

Depósito del acervo de dos pueblos invisibles el uno para el otro, separados por mares, edades y lenguas; bálsamo contra una naturaleza inclemente, en la que la letra se convierte en segunda piel nada metafórica; de los cafetales colombianos al solar helado donde un detective cultural anterior al nacimiento de la novela policiaca lucha por recuperar el tesoro de su señor y dueño, el libro, hijo de la imaginación, padre de ella, vástago y progenitor a un tiempo, derrama sus dones y, al modo del prosélito Kien, proclama su verdad: para ciertas inteligencias, no hay otra patria que la escrita.

Ricardo Menéndez Salmón

Ricardo Menéndez Salmón

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