"Zapatos" de Asun Gárate Iguarán | Itaca Escuela de Escritura

"Zapatos" de Asun Gárate Iguarán

Tres chavales atraviesan un descampado que nace a espaldas de un barrio miserable. El más alto y fuerte, con pelo largo y cazadora de cuero, lleva en la mano un balón de fútbol nuevo. A su derecha va un chico de andares desgarbados y pinta de chulito, en chándal. Y varios metros por detrás, un crío más pequeño, arrastrando los pies, tropezando a veces, vestido con un jersey y un pantalón que le quedan cortos.

Es una tarde especialmente fría de un invierno interminable y los chavales marchan en silencio hasta el final del terreno, una zona de hierbajos donde los restos de una tapia –a la que llaman La Gran Muralla China– luce grafitis obscenos y frases filosóficas. Más allá, se extiende el campo, una pobre tierra de árboles sin frutas y modestas huertas de coles y patatas.

–Román, haz una portería –ordena el chico mayor al muchachito.

Este recoge unas piedras, unos escombros, y los coloca en dos montones separados por doce pasos de distancia.

–Román, tú serás el portero –vuelve a ordenar el alto.

–¿Yo? ¿Por qué yo? –pregunta el niño.

–Tus zapatos.

–¿Mis zapatos?

–Míralos. No puedes correr con las suelas despegadas.

El niño se mira los zapatos. Son los únicos que tiene y desde que empezó el invierno duerme con ellos puestos.

–Para andar con esa mierda de zapatos irías mejor descalzo –opina el tercer chaval.

El niño no logra parar casi ningún tiro; a pesar de que pone todo su empeño en el juego, le faltan envergadura, fuerza, rapidez. Ya ha encajado treinta y cuatro goles, más que suficientes para sentirse harto y con el cuerpo molido. Además, los agujeros de sus calcetines se han hecho más grandes y tiene los pies congelados. Ahora que Antonio dispara un cañonazo, se aparta y deja que el balón se estrelle contra la tapia y rebote. Lo coge por última vez.

–Venga, Antonio, cámbiame.

–Ni lo sueñes, enano –rechaza el chulito. El niño mira al jefe.

–Jesús, yo también quiero jugar –pide con suavidad.

–Ya te lo he dicho, con esos zapatos no puedes correr ni chutar ni nada. Si no quieres seguir de portero, te vas –zanja Jesús.

El chulito sonríe mostrando su dentadura negra y escasa, y le arrebata el balón de las manos. El niño reprime una queja y regresa cabizbajo a la portería, con la mirada clavada en sus zapatos. No ha llegado aún, cuando el balón vuela por encima su cabeza, tan alto que cae detrás de la tapia. Se gira, deseando llamarle gilipollas a Antonio.

–Pero, ¿qué haces? ¿Jesús manga un balón de reglamento y tú lo tiras por ahí?

–Salta la muralla china y vete a buscarlo –dice el chulito.

–Lo has tirado tú.

–Enano, vete a por el puto balón –el chulito cierra los puños.

–Jesús, dile que vaya él –protesta el niño débilmente.

–Tú eres el portero –sentencia Jesús y escupe con desgana.

–No es justo, os odio a los dos –murmura el niño.

–¿Qué murmuras? ¿A que no tienes cojones para venir y decírnoslo a la cara? –el chulito da unos pasos.

El niño echa a correr, trastabillando.

–¡Gallina! –le grita el chulito.

El niño alcanza la tapia y empieza a subirla con gran dificultad.

–¿Necesitas un empujoncito, Pulgarcito? Espera, que voy y te doy por el culo –el chulito se dobla de risa, hasta que le entra la tos, una tos que suena a ladrillos rompiéndose.

Tras muchos esfuerzos, el niño trepa a la cima de la tapia y se descuelga por el otro lado.

 

Los dos chicos se sientan en el suelo. Jesús saca un porro del bolsillo de la cazadora, lo enciende y fuma dando largas caladas. El chulito arranca de la tierra un puñado de hierbajos para hacerlos trocitos. Pasados un par de minutos, reaparece el niño arriba del muro. Sin el balón. Sujetándose de las manos se deja caer por la pared hasta abajo. Se reúne con Jesús y Antonio, está muy pálido.

–Hay un viejo tumbado –dice tragando saliva.

–¿Y qué? –Jesús da una calada y le pasa el porro medio consumido al chulito.

–No se mueve.

–Pues estará durmiendo –razona Jesús con aire aburrido.

–Tiene los ojos abiertos. Y la boca.

–¿Y la bragueta? –se burla el chulito. Al sonreír, le sale el humo por los huecos entre los dientes.

–Pero no ronca, creo que está muerto.

–¿Asesinado? –pregunta Jesús con una pizca de interés.

–No, no, solo muerto.

–Joder, ¿eres forense? –desde el suelo, el chulito le lanza una bocanada de humo.

–No es de aquí, yo nunca lo había visto. Jesús se levanta despacio.

–Vamos a saludar a tu muerto. Y le sacamos la cartera.

 

Los tres observan al hombre en silencio. Su chaqueta, su pelo, su barba, sus uñas, la manta que apenas lo tapa.

–Es un vagabundo, la habrá palmado de frío –Jesús le propina unos ligeros puntapiés en el costado–. Está más tieso que la mojama.

–Qué hostias va a tener cartera este tío –gruñe el chulito. Luego, se le ocurre algo muy gracioso–: Román, ¿por qué no le haces una paja? Puede que resucite –ríe y gesticula de manera obscena.

–Este no resucita ni así –Jesús se baja la cremallera del pantalón y se pone a orinar sobre el rostro del hombre, apuntando a la boca.

El niño siente asco, mucho asco, tanto que se gira hacia Jesús y dice sin pensar:

–Podría ser tu padre.

A Jesús se le corta la meada de golpe. Con la bragueta abierta y el pene fuera, le pega un empujón que lo tira encima del muerto.

–¡Te voy a dar cien hostias, cabrón, te voy a partir la cara, te voy a romper las costillas, hijo de puta!

El niño se separa del cadáver. Echado a un lado, encogido, cubriéndose la cabeza con los brazos, aguarda los puñetazos, las patadas. Pero, extrañamente, Jesús no cumple su amenaza contra él, sino que patea el cuerpo del vagabundo muchas veces. Después, se cierra la bragueta y se marcha cojeando. El niño continúa en el suelo, paralizado. Hay un silencio extraño en el aire.

–Te vas a arrepentir de lo que has dicho –suena grave la voz del chulito. El niño se incorpora. Tiene los ojos llorosos y le tiembla todo.

–Voy a buscar el balón.

–No te librarás, estás jodido –el chulito se frota las manos y también se marcha.

 

El niño encuentra el balón entre unos matorrales, aunque no quiere ni pensar en ir a llevárselo a Jesús. Se sienta cerca del vagabundo y se queda allí tiritando, apretando el balón contra su pecho. A ratos llora, a ratos habla consigo mismo.

Anochece. El cielo adquiere una profundidad desoladora, de abismo, que asusta aún más al niño. Hasta que una enorme luna llena, grande como el balón, aparece y lo ilumina todo con su resplandor amarillo. Es una luna maravillosa, que parece haber salido para que ningún niño del mundo esté sólo junto a un cadáver, abrazado a un maldito balón, en una noche tan fría. El niño la mira, deslumbrado. Y mirándola se siente mirado por ella. Y el tiempo se detiene. Como si la luna estuviese esperando que él hiciera algo, cualquier cosa, pues ella estaría dispuesta a ayudarle y protegerle con su luz.

El niño suelta el balón, estira el cuello y prueba a lanzar un aullido. Luego otro. Y otro. Su garganta y su pecho son capaces de liberar larguísimos aullidos, que encadena sin pausa. Su cuerpo se calienta, recorrido por una sangre nueva. Su alma pierde el miedo.

Se descalza, se arrodilla a los pies del muerto y le quita los zapatos (el vagabundo no llevaba calcetines y sus dedos están plagados de rojísimos sabañones ulcerosos). Son unos zapatos grandes, baratos, pero en buen estado. Se los pone y se ata los cordones lo más prieto que puede.

Román coge el balón y emprende el camino de vuelta bajo la luz de la luna.

Asun Gárate Iguarán