Nº3.- Guía práctica para revisar un relato, por Ángeles Lorenzo | Itaca Escuela de Escritura

Nº3.- Guía práctica para revisar un relato, por Ángeles Lorenzo

Esta guía pretende facilitar al escritor en ciernes la tarea —para muchos, ingrata— de sentarse a revisar, y luego a dar las últimas correcciones, al relato escrito. Ahora bien, aconsejamos utilizarla solo cuando se haya terminado de escribir el texto: nunca debemos permitir que el exceso de crítica nos bloquee durante la primera fase, la de la escritura del primer borrador, que es cuando debemos dejar que salga a la luz, sin miedo, toda nuestra creatividad.

De modo que primero hay que escribir, con el viento en el rostro y mirando adelante, con toda la confianza puesta en nosotros mismos. Solo después, a la hora de revisar, conscientes de que cualquier texto puede mejorarse mucho y echando mano de toda la humildad del mundo, habremos de poner sobre la mesa todas las herramientas con que contemos para darle la mejor forma posible al texto escrito y también para dotarlo de auténtica personalidad: para que sea lo mejor que cada uno de nosotros pueda escribir en cada momento. De eso se trata, en esencia, siempre.

En resumen, te recomendamos utilizar esta guía para pulir tus relatos, y también hacerlo sin prisas, sin miedo, con paciencia y cariño. Este ejercicio te servirá, al mismo tiempo, para ir interiorizando buenos hábitos de escritura, que acabarán por formar parte de ti y que por eso van a servirte siempre: para escribir y también —por qué no—  para la vida misma.

Te aconsejamos, además, hacer la revisión siguiendo el orden que te proponemos a continuación.

El tema. Conviene, antes de nada, definir el tema principal que hemos tratado en nuestra narración. A ser posible, y aunque siempre habrá algunos subtemas que hayamos tocado (a veces, muchos), es recomendable definir el tema con una sola palabra.

El argumento. Ayuda mucho, a continuación, pararse a escribir el argumento de la historia; es decir, contar de modo resumido lo que sucede (la sucesión de acciones que acontecen), en unas pocas líneas.

La historia y la trama. Hay que fijarse, entonces, en si hemos contado una historia; aunque esto no siempre esté claro, ni tan siquiera para el propio autor. En todo caso, para saber si un relato contiene una historia, siempre se puede hacer una pequeña prueba: es necesario comprobar si contiene algo más que una anécdota, es decir, si se produce un chispazo; si ese acontecimiento está de alguna manera, cargado de sentido. Y es necesario, para ello, comprobar si ese acontecimiento se encuentra rodeado por su contexto.

Porque una anécdota es solo eso: algo que pasará sin más, que morirá sin pena ni gloria. Si conseguimos que trascienda será gracias a su significado, en virtud de ese contexto, y entonces podremos decir que ya tenemos, realmente, una historia.

Un verdadero relato, así, contendrá una trama cargada de sentido. Procura identificar esta dentro del tuyo.

El título. Ponerle título a nuestro relato siempre es muy útil: ayuda a definir tanto el tema como la trama; contribuye a delimitar la historia, a meterla en su cauce y a comprobar si esta se ciñe, en alguna medida, a aquello que teníamos previsto en un primer momento.

Mejor aún si damos con un buen título, que enganche y que refuerce la atención.

La verosimilitud. Hay que pensar también en si la historia es verosímil, lo cual también depende de su contexto: de si la narración es creíble en ese universo propio que construye —que debe construir— cada relato.

Una historia realista puede no ser verosímil, incluso si contamos algo que nos ha sucedido a nosotros mismos, si no sabemos dar con las claves que la hagan creíble ante el lector. Recuerda siempre que la ficción tiene sus propias leyes.

Unidad, concisión, intensidad. Es importante plantearse si el relato resulta unitario: si todo lo contado está al servicio de la acción principal, si el narrador no se va por las ramas, si cuenta aquello que debe contar para que el lector pueda seguir la historia (ni más, ni menos).

Así es como llega a construirse un cuento intenso, sobre todo si es breve: la concisión y la unidad son las claves para conseguir el efecto de intensidad. Cuanto más corto sea el relato, más importante será cumplir con estas premisas.

El narrador. Es preciso observar si la voz narrativa elegida es la más conveniente: si su enfoque es el que más puede aportarle a la historia, si su grado de conocimiento es el conveniente a ese punto de vista elegido, el que nos interesa mantener. Y también si la voz narrativa nos engancha, si el tono es el adecuado, si suena convincente y firme.

Ten en cuenta que muy a menudo la clave de una buena historia está precisamente en haber dado con la voz que la pueda dotar de intensidad dramática, de fuerza y de emotividad.

El tono. En la narración influye mucho, sin duda, el tono del narrador: si es demasiado irónico, seguramente el lector no se tomará en serio la historia ni al personaje; y si melodramatizamos más de la cuenta, seguramente le saturaremos, por intentar obligarle a emocionarse de modo artificial. No es aconsejable sobrecargar el texto de reflexiones, opiniones personales, juicios explícitos... Conviene, así, dejar que el lector piense por sí mismo, que haga su papel y cumpla su función: la de atar los cabos e interpretar lo que se le cuenta. Así que, en consecuencia, lo mejor es contar sin que el narrador intervenga más de lo necesario. Y que este haga su relato de modo claro, natural, y a la vez expresivo.

La estructura. Mientras vamos pensando en la trama de la historia, es necesario que pensemos en la estructura: en si se cumple la fórmula clásica (planteamiento, desarrollo y desenlace), tanto si la narración se cuenta de manera ordenada como si no. En si nos hemos saltado esa estructura de manera deliberada, por motivos artísticos, o por puro descuido. Y en relación con ello, en si en la narración se plantea un conflicto que permite el desarrollo de la historia y que, una vez desarrollado, da lugar a algún cambio en alguno de los personajes y/o en la situación de partida.

El tiempo y el ritmo. Habremos de pararnos a observar si el ritmo resulta equilibrado, es decir, si se resume lo que conviene resumir, si se elide lo que no tiene importancia y se detalla a través de escenas, parando a describir e introduciendo reflexiones y digresiones, en aquellos fragmentos de la historia donde se cuenta lo más importante.

Es necesario que nos fijemos, en definitiva, en si la velocidad es la adecuada para esa carretera que vamos transitando.

Fijémonos también, de paso, en si las referencias temporales son suficientes: en si todo está enlazado de manera clara.

El orden y la tensión dramática. Además de fijarnos en la duración del tiempo, también debemos observar el orden de los sucesos. Y pensar si conviene desordenar las partes, por algún motivo: anticipar alguno de los sucesos para añadir tensión, posponer algún otro para crear intriga…

Tenemos que plantearnos, entonces, si queremos introducir anticipaciones o flash-backs. Y, en general, debemos recurrir a trucos que contribuyan a mantener la tensión en el relato. Observemos, en este sentido, qué estrategias hemos utilizado en el nuestro.

El espacio. También es primordial que se visualicen los espacios en que se desarrolla la narración: que haya detalles que ayuden a ello, y que a la vez resulten significativos (que sean mucho más que meros adornos).

La ambientación es imprescindible a la hora de dotar de verosimilitud ciertas historias (fantásticas, de terror, etc.). A veces es tan importante que, sin la creación de una atmósfera adecuada, la historia no consigue empezar a tomar forma en la imaginación de los lectores.

Los personajes. Por supuesto, la caracterización de los personajes es también importante: tenemos que observar si sus acciones son demasiado previsibles, si se quedan en meros estereotipos, o bien les damos la oportunidad de crecer un poco, de evolucionar, a lo largo de la historia. Claro que en un relato breve no es posible mostrar el desarrollo completo del carácter de nadie, desarrollar a fondo una psicología compleja. Pero siempre conviene que al menos el protagonista cambie en algo, o que algo cambie para él.

La acción. Los personajes, como las mismas situaciones, deben poder definirse en acción: no se trata de que el narrador explique, sino de que muestre en directo siempre que sea posible para que sea el propio lector quien observe y extraiga conclusiones.

Los diálogos. Los personajes deben intercambiar diálogos, además de actuar. Ten en cuenta que conviene que estos sean naturales, que contribuyan a definir a los personajes y que hagan avanzar la acción.

Como en la vida, es necesario que registremos lo diálogos que resulten más sugerentes y trascendentales.

Saber seleccionar. Aprender a seleccionar, es decir, aprender a recortar, también, es una disciplina no solo sana sino necesaria. Porque se trata de tachar, muchas veces, de eliminar aquello que no tiene que ver con lo esencial y que resulta contraproducente para el efecto que estamos buscando. Es preciso ceñirse, contenerse, medir muy bien y eliminar todos aquellos párrafos que nos llevaron hasta la historia pero que, una vez alcanzada esta, están de más en la versión final del texto.

Recordadlo siempre: el relato ganará muchísimo si somos capaces de recortar.

Estilos personales. Claro que cada cual tiene su estilo: lo va buscando, y, si lo hace con empeño, lo acabará encontrando sin duda alguna. Aunque nunca será definitivo: evolucionará, de modo irremediable, con nosotros mismos. Lo importante es, sobre todo, ser conscientes de las elecciones que vamos haciendo, y, al mismo tiempo, de las renuncias. Al optar por un modo de decir determinado, lo queramos o no, también optamos por un tipo de lector. Y, sobre todo, por una forma personal de escritura.

En general, a la hora de limpiar el texto, siempre es aconsejable no abusar de los adverbios en mente, de la sobrecarga de adjetivos, de los diminutivos y de los gerundios, etc. Se trata de eliminar excesos, de entrada, para que no haya obstáculos a la hora de contar la historia y porque desde la naturalidad es siempre más sencillo ir a la busca del propio estilo.

Repeticiones y sobreentendidos. Es necesario que observemos, además, qué motivos literarios se repiten, qué campos semánticos son los que hemos reforzado, a menudo de manera inconsciente. Tomar conciencia de ello nos puede ayudar mucho a terminar de darle cohesión al texto, además de coherencia.

También, por otro lado, conviene que seamos capaces de localizar aquellos elementos que tienen peso a la hora de sugerir: los detalles o datos hacia los que los demás apuntan, a menudo sin llegar a nombrarlos. Recuerda que lo más importante tiene mucha más fuerza si se sugiere pero no se nombra.

Otros recursos. No hay que dejar de lado los recursos que la retórica pone en nuestras manos. Para apoyar la historia y su significado, siempre para reforzarla, y en ningún caso para oscurecerla, debemos conocerlos para poder contar con ellos cuando llegue el momento: metáforas, sinécdoques, alegorías, símbolos… Aunque parezcan, en principio, recursos complicados, están sin duda en la base del buen funcionamiento de los mejores textos literarios.

También debemos conocer las numerosas tácticas que producen efecto de extrañamiento, y otros muchos recursos que el estudio detenido de la técnica literaria puede poner a nuestra disposición.

La elección de las palabras. También —aunque es una obviedad decirlo— hay que pararse a revisar muy bien la elección del vocabulario. Un escritor lo es porque maneja con pulcritud su herramienta más básica y la más importante, a la vez: el lenguaje.

La sintaxis. En general, suele ser bueno combinar las frases cortas con las largas, los párrafos extensos con los breves. Que la sintaxis sea correcta y clara, casi siempre va muy a favor del texto.

Aunque después hay que adaptar cada forma al fondo correspondiente. No todas las maneras de decir se corresponden bien con el contenido, y por eso no hay una única fórmula que sea la correcta. Lo que es seguro es que la sintaxis juega también un papel esencial a la hora de comunicar, especialmente en literatura, y que debemos cuidarla mucho y medir bien su efecto.

La ortografía y la puntuación. En el repaso final del texto, hay que revisar bien para que no se nos cuelen errores ni erratas. Una ortografía esmerada es esencial para que el lector no se distraiga del contenido del texto. Y suele ser la prueba de que el escritor dedica al texto el mínimo de atención que merece (sin ese mínimo, ningún lector tendrá siquiera por qué plantearse tomarle en serio).

La puntuación es igual de importante que la ortografía en una revisión gramatical. Es muy aconsejable leer el texto en voz alta: observar las pausas, medir con calma la respiración de cada fragmento. Una última lectura atenta casi siempre te va a sacar de dudas y a ayudar a pulir los últimos detalles. Merece mucho la pena, sin duda.

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Esto es, aunque contado muy en grueso, lo fundamental. Se trata de practicarlo para ir interiorizándolo, poquito a poco, de modo que a la hora de revisar termine saliendo, sin pensarlo siquiera, aquello que en cada caso es importante.

Hay que pensar, por otro lado, que siempre habrá relatos —algunos de los que escribamos— en los que va a merecer la pena pararse un tiempo, dar muchísimas vueltas, hasta que no se pueda mejorar nada más. Y otros casos es más lógico que los tomemos como lo que son: ejercicios que nos ayudarán a fortalecernos y a mejorar —como unos escalones llevan a los siguientes—, que tienen su valor por eso mismo, y que no por el hecho de que no lleguen a tomar forma definitiva perderán su mérito.

En todo caso, no lo olvidéis: los trabajos de pulido hay que hacerlos después, cuando esté escrito el relato completo, al menos ese primer borrador. Para que no se pierda la inmensa fuerza creativa y personal que esa primera escritura tiene.

Y otra cosa importante es que tengáis en cuenta que a la hora de revisar y de corregir se lleva a cabo el trabajo verdaderamente artístico del escritor: retocar los distintos elementos, cambiar de lugar las piezas, jugar a conseguir efectos dando unas pinceladas por un sitio y por otro… Una vez que tenéis el borrador, vale mucho la pena que tengáis a mano toda esa caja bien llena de recursos para que los podáis poner a disposición del texto.

Ánimo con ello, siempre.

Ángeles Lorenzo