Escritura Creativa. La tesión narrativa. Atlas de textos. | Itaca Escuela de Escritura

Escritura Creativa. La tesión narrativa. Atlas de textos.

Ítaca Escuela de Escritura. La tensión narrativa.

II - ATLAS DE TEXTOS: ALGO HABÍA PASADO, DE DINO BUZZATI

 

Dino Buzzati fue un maestro del relato alegórico. Los personajes que transitan sus historias se revuelven (siempre en vano) dentro de una trampa kafkiana que nosotros, lectores, reconocemos como trasunto de nuestra propia naturaleza. Quizá su obra más conocida y paradigmática sea El desierto de los tártaros (1940), una novela en la que Giovanni Drogo, un militar, es destinado a la Fortaleza Bastiani para vigilar la última y remota frontera del reino. Los tártaros, la amenaza latente de su ataque, son el inapelable sentido ausente de la vida de aquellos militares que lo dedican todo a preparar una defensa acaso nunca necesaria. Drogo ha apostado por una vía que consiste en esperar para encontrarse, al final de ese recorrido estático, con la única certeza plausible: morirá solo.

Hay, en cualquier caso, mucho Buzzati más allá de sus tártaros. En sus cuentos, la carga alegórica alcanza un grado de intensidad conmovedor. Algo había pasado (o Qualcosa era successo, en su versión original) presenta la historia de un grupo de viajeros cuyo tren (el “superdirectísimo”) se dirige hacia su destino final en un trayecto que no contempla paradas. Ese convoy es el medio de transporte de las clases pudientes, por lo que se convierte, para los habitantes de las regiones que atraviesa, en símbolo de «millones, vida fácil, aventureros, espléndidas maletas de piel, celebridad y estrellas cinematográficas». El narrador es, de hecho, uno de los privilegiados pasajeros de esa opulencia.

En el cuento, la tensión nace, precisamente, de esa oposición entre aquí y allá, ellos y nosotros, dentro y fuera. Una joven apostada en la barrera de un paso a nivel para contemplar el espectáculo del superdirectísimo se vuelve, de súbito, ante los gritos y las advertencias (inaudibles desde el tren) de un hombre apurado que corría hacia ella. En efecto, algo había pasado. Pero ese algo trasciende enseguida las fronteras particulares de esa escena, porque más adelante otro campesino parece desgañitarse encima de un muro; sus voces atraen a un grupo que pisotea unos cultivos a los que no presta ninguna atención.

Dentro del tren, todo es distinto. «Miré a mis compañeros de viaje, a los del compartimento, a los que estaban de pie en el pasillo. No se habían dado cuenta de nada. Parecían tranquilos, y una señora que estaba enfrente de mí, de unos sesenta años, se disponía a conciliar el sueño». Los pasajeros son ajenos a lo que sucede en el país. A su alrededor, en todas partes, la población prepara su huida, mientras ellos se recuestan en sus asientos para echar esa cabezada que hará el viaje más llevadero. El éxodo parece crecer por momentos. Las carreteras se colman de largas caravanas y gente a pie, grupos más densos a medida que el tren avanza hacia su destino. Más tensión: el superdirectísimo lleva el sentido contrario al de la evasión. El pueblo huye del peligro y los pasajeros del exclusivo transporte se acercan cada vez más a él.

Como los viajeros, no conocemos la naturaleza de ese mal, pero sentimos la sensación de alerta. El lector se descubre, pegado a la ventana del tren, ignorante e incapaz al mismo tiempo. La situación retrata el carácter pusilánime de un pasaje que asume la inacción como única alternativa. «Todos nosotros miramos también [al tirador de la alarma] con idéntico pensamiento. Pero nadie habló ni tuvo la audacia de romper el silencio o sencillamente osó preguntar a los otros si habían notado en el exterior algo alarmante». El inmovilismo y la patética estampa del carácter conservador conforman otro filón temático de Buzzati, explotado de manera brillante en el relato Miedo en La Scala.

El colmo de la visión soslayada y parcial de la realidad se representa en un icónico momento de la historia. Al atravesar una de las estaciones en las que el tren no se detendrá, los pasajeros ven cómo una multitud se agolpa en el andén a la espera de un posible medio de escape. Un chico corre agitando un periódico en su mano. A pesar de los intentos de la señora (ya descansada tras su siesta) por alcanzarlo, tan solo un pedazo del diario termina en el compartimento. «Reparé en el temblor de sus manos cuando quiso desplegarlo. Era un trozo triangular. Se leía la cabecera y del gran titular solo tres letras. ION1, se leía. Nada más. Al dorso, anodinas gacetillas de actualidad». ¿Revolución? ¿Colisión? ¿Fusión? ¿Dimisión? ¿Erupción? ¿Deflagración? ¿Ilusión? Lo cierto es que la gente dentro del tren aparenta no hacerle caso al recorte, y el viaje continúa su curso como «el soldado pundonoroso que se aparta de la masa del ejército en desbandada para volver a la trinchera donde el enemigo está ya acampando».

Como en tantos relatos ya clásicos (recordemos Casa tomada, de Julio Cortázar), la génesis de la tensión reside en un ente informe, en el rumor o la sospecha de un peligro del que apenas se conoce nada y que, sin embargo, compromete a los personajes. Ese estrés narrativo involucra al lector, que vive el cuento como si se tratase de una pesadilla en la que la caída, la cuenta atrás o la quiebra es inevitable.

Buzzati recurre al cruce de sentidos (huida y aproximación) para alimentar la urgencia intrínseca al punto de vista desde el que se cuenta el relato. La inversión de la lógica hace que no escapemos del horror, sino que lo sintamos cada vez más próximo. Y el carácter innominado e irremediablemente oculto de la amenaza alimenta la pulsión por alcanzar el final de la historia. La última estación está vacía, y lo único que espera allí a los pasajeros es el grito de socorro de una mujer, un grito que resuena «bajo las vítreas bóvedas con la hueca sonoridad de los lugares para siempre abandonados».

© Jesús Barrio


1.- En la versión original en italiano, el fragmento revela las letras IONE. Quizás habría sido entonces más acertado aludir a IÓN1 en la edición española, incluyendo la tilde, pues en el relato se habla de la terminación de una palabra. El secular acomodo de los tipos de impresión que pudo contribuir a la negligencia ortográfica en el uso de la tilde con letras mayúsculas es, sin duda, un posible motivo por el que este titular omite el signo.