Escritura Creativa. La estructura narrativa. Semblanzas. | Itaca Escuela de Escritura

Escritura Creativa. La estructura narrativa. Semblanzas.

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IV - SEMBLANZAS: PEDRO PÁRAMO.

 

Antes de nada y por presentar un poco la gran novela corta que escribió Juan Rulfo, Pedro Páramo, hay que decir que expresa magníficamente la realidad de la zona de Jalisco: un territorio donde el abandono del Gobierno y las sucesivas revueltas han creado una situación de penuria que propicia la violencia, el aislamiento de sus gentes, así como su obsesión por el culto a los muertos. De este modo, los personajes de la obra son seres fantasmales que habitan esos ambientes de pesadilla con absoluta naturalidad.

Pedro Páramo es un viaje: un viaje hacia el padre, hacia el origen que es, a la vez, el final. No en vano se desarrolla en Comala, y recordemos lo que el propio Rulfo explica: "comal es un recipiente de barro que se pone sobre las brasas, donde se calientan las tortillas. […] Comala: lugar sobre las brasas". De modo que Comala es un pueblo fantasmal habitado por muertos, donde los límites se han borrado y conviven la vida y la muerte, el presente y el pasado, en un tiempo que nada tiene de cronológico, donde las voces de todos los personajes se entremezclan para conformar un puzle que acabará expresando mejor que nada la complejidad de esta historia (la complejidad interior de sus personajes; ese fragmentarismo la expresa muy bien, así como la diversidad de voces y los continuos saltos adelante y atrás en el tiempo).

El protagonismo del personaje que da título a la obra, Pedro Páramo (ese padre, ese origen), va avanzando progresivamente. El narrador omnisciente de la segunda parte del libro se concentra, cada vez más, a partir del momento en que Juan Preciado muere, en contarnos todo ese pasado de su padre: el origen del abandono de Comala, el de la desgracia de este hombre, el del infortunio de Susana San Juan (la única mujer a quien ha amado Pedro Páramo)… Hasta que todo se entiende y lo que queda ante los lectores es la consecuencia inevitable de un sufrimiento que se ha aliado con la miseria del entorno y no ha dejado más salida que la muerte, una muerte que se confunde con la vida porque ya esta, la vida en Comala, siempre ha sido un infierno.

Vale la pena subrayar que una de las claves temáticas de Rulfo es la miseria de la tierra, y en correlación directa con ella estará la miseria de los hombres que la habitan. Pero ha habido un pasado, otra tierra, unos tiempos mejores: Comala ha sido verde y rica, de naturaleza pródiga, aunque esto queda tan atrás que es totalmente inalcanzable ya para los personajes de este libro. La vida convive cada día con la muerte: ya lo hemos dicho. Y la injusticia social es, en ello, determinante: agrava de manera implacable lo que ya el propio destino humano tiene, por sí solo, de terrible. La consecuencia es que el ser humano que habita esas tierras se encierra dentro de sí mismo, se vuelve cada vez más sumiso y más conservador. De modo que los hombres y las mujeres de los textos de Rulfo se ven obligados a vivir su realidad con violencia o bien encerrados en sí mismos (o ambas cosas al tiempo). En todos ellos es enorme el peso de la Historia, la carga de la ideología, los condicionamientos del espacio que no tienen más remedio que habitar. Y es en ese contexto de campesinos pobres, desesperanzados y alienados, capataces serviles, patroncitos soberbios y crueles, representantes de la ley corruptos y falsos revolucionaros, en donde Pedro Páramo, el protagonista de la novela, cumple cabalmente con su papel gran cacique. En esta segunda parte de la novela, se explica paso a paso y en desorden (por medio de numerosos saltos de tiempo, adelante y atrás) la vida de Pedro Páramo: cómo se ha ido convirtiendo en un tirano, en un ser violento y desalmado. En la comunidad (por llamarle de alguna manera) que componen los habitantes de Comala no hay derechos ni instituciones; o, mejor dicho, la única institución es Pedro Páramo: esa especie de señor feudal, de caudillo único que obra a su antojo, que hace y deshace sin que nadie se atreva a contradecirle. Cuando Fulgor, el capataz que trabaja para él, le dice que una mujer ha ido llorando a alegar que Miguel Páramo (el único hijo que Pedro Páramo ha reconocido, de cuantos ha tenido con tantísimas mujeres humilladas) le ha matado a su marido, él se limita a responder:

- No tienes por qué apurarte, Fulgor. Esa gente no existe.

Este rotundo, inolvidable personaje de Rulfo, quedará humanizado solo en dos situaciones de la novela: cuando muere su hijo Miguel, y, por muy sorprendente que resulte, frente al inmenso amor que siente por Susana San Juan. Ese amor no correspondido nos permite, a los lectores, identificarnos con él e incluso entenderle, en ocasiones: nos hace comprender su soledad terrible. Él, que tiene todo lo que quiere siempre, no podrá nunca tener el corazón de Susana, a quien ama desde la infancia. Por esa razón, cuando ella muere Pedro Páramo decide que Comala muera igualmente. Y muere él mismo, de manera violenta, como había de ser.

© Ángeles Lorenzo Vime