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Escritura Creativa. La alegoría. Semblanzas.

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IV - SEMBLANZAS: ÚRSULA IGUARÁN

 

Poco queda ya por decir de Cien años de soledad. Maravillosa cosmogonía; retablo nostálgico del desamparo; novela total; libro de las revelaciones en el que la diégesis alcanza, en vivo y en directo, a la profecía; representación de los principios y trámites de la historia universal; perseverancia del círculo; repiqueteo incestuoso. La conversación segregada por la obra de Gabriel García Márquez es tan secular como la odisea de la estirpe Buendía. Entre toda esa espesura de Aurelianos y Arcadios, sobresale la impertérrita figura de Úrsula Iguarán, presente desde el mismísimo preámbulo histórico hasta el acabamiento macondiano.

Los temores de Úrsula plantan una antitética semilla para la fundación de Macondo: su negativa a consumar el matrimonio con José Arcadio (su primo) es resultado del miedo a que su vástago nazca «con una cola cartilaginosa en forma de tirabuzón y con una escobilla de pelos en la punta», como ya había ocurrido en la familia. La virilidad del marido es cuestionada en las bocas de la ranchería, lo que termina con el asesinato de Prudencio Aguilar. Ya muerto, Prudencio sigue rondando a la pareja, hasta que José Arcadio no puede más. «Cuantas veces regreses volveré a matarte». Pero no lo hace, y ahí comienza el éxodo de los pioneros que constituirían Macondo.

En aquellos titubeantes albores, en los que José Arcadio sufre la desazón de sentir que Macondo está demasiado lejos de los «beneficios de la ciencia», Úrsula certifica su carácter de matrona del joven lugar oponiéndose a su mudanza:

⎯ Todavía no tenemos un muerto ⎯ dijo él ⎯ . Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra.

Úrsula replicó con una suave firmeza:

⎯ Si es necesario que yo me muera para que se queden aquí, me muero.

La naturaleza basal de Úrsula para los Buendía crece a lo largo de la historia y alcanza significaciones mitológicas cuando, por ejemplo, un reguero de sangre atraviesa el pueblo para llevarle la noticia de la muerte de José Arcadio, su hijo. Úrsula remonta el curso sanguinolento hasta alcanzar su origen y casi ahogarse en el «olor a pólvora quemada» que, sin embargo, no tenía correspondencia alguna con heridas en el cadáver.

Mientras los varones de la familia se consumen entre guerras, fabulaciones y enfebrecidos devaneos, Úrsula saca adelante y ensancha un próspero negocio de venta de animalitos de caramelo con el que atender las necesidades de la casa. Su herencia es dilapidada demasiado pronto, primero debido a los empeños de su marido por conseguir una aleación que multiplique el oro («la preciosa herencia de Úrsula quedó reducida a un chicharrón carbonizado que no pudo ser desprendido del fondo del caldero») y después como parte de la financiación de las guerras en las que se embarca su hijo, el coronel Aureliano Buendía. Entre tanto, Úrsula adora a un San José de escayola olvidado en la casa tiempo atrás por tres hombres. Le pone velas y no sospecha que el santo contiene casi doscientos kilogramos de oro. «La tardía comprobación de su involuntario paganismo agravó su desconsuelo. Escupió el espectacular montón de monedas, lo metió en tres sacos de lona, y lo enterró en un lugar secreto, en espera de que tarde o temprano los tres desconocidos fueran a reclamarla». Hasta el momento de su muerte, no cesará en preguntar a cada visitante si no recuerda haber perdido durante la guerra un San José de yeso.

De alguna manera, Úrsula parece haber asimilado desde su juventud algo que, solo mucho más tarde, el coronel Aureliano Buendía entenderá como el único salvoconducto posible para digerir el paso del tiempo. «Taciturno, silencioso, insensible al nuevo soplo de vitalidad que estremecía la casa, el coronel Aureliano Buendía apenas si comprendió que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad». Ese pacto, el convenio ecuánime entre Úrsula y el sino de los Buendía, fue respetado por ambas partes hasta el final.

Ciega y confundiendo pasado y presente, apenas advierte que su cuerpo emprende un camino de vuelta y se empequeñece, como acompañando la ruina de la casa y la toma de posiciones de la naturaleza, que conquista un Macondo acribillado por las guerras, el expolio bananero y el diluvio. «Se quedaba inmóvil varios días, y Santa Sofía de la Piedad tenía que sacudirla para convencerse de que estaba viva, y se la sentaba en las piernas para alimentarla con cucharaditas de agua de azúcar. Parecía una anciana recién nacida».

Un jueves santo (como, por cierto, sería el caso de Gabriel García Márquez), Úrsula amanece muerta. Antes, y una vez que comprende lo que es eso de morirse, dedica dos días enteros a rezar para que ningún Buendía se junte con alguien de su misma sangre. La plegaria, de nuevo y como es sabido, no se verá correspondida. Todo, como descubrirá Aureliano Babilonia al descifrar los pergaminos de Melquíades, estaba ya escrito: ni siquiera Úrsula, ni su arrojo, ni el laborioso empeño por apartar a los suyos de la condena, ni su centenaria abnegación tienen «una segunda oportunidad sobre la tierra».

© Jesús Barrio