Escritura Creativa. El personaje. Atlas de textos. | Itaca Escuela de Escritura

Escritura Creativa. El personaje. Atlas de textos.

Ítaca Escuela de Escritura. El personaje.

II - ATLAS DE TEXTOS: SOSTIENE PEREIRA DE ANTONIO TABUCCHI

 

Pereira dirige la sección cultural del Lisboa, un periódico menor de la capital portuguesa en tiempos de la dictadura de Salazar. Sus días están configurados como una periferia de la muerte: le habla al retrato de su mujer fallecida tres años atrás, recuerda que su padre tenía una agencia de pompas fúnebres que se llamaba Pereira La Dolorosa y no olvida las advertencias de su médico en relación a sus problemas cardiacos. Quizás inducido por esas cavilaciones, se encuentra con un artículo que refleja los pensamientos de Francisco Monteiro Rossi, un joven licenciado en filosofía, sobre la muerte. Tras leerlo, Pereira llama a Monteiro Rossi y presenta al Lisboa como un periódico en el que sus periodistas son «apolíticos e independientes». Y es que esa es la naturaleza con la que conocemos a Pereira: se aleja de cualquier significación política y confunde independencia con equidistancia.

El caso es que Pereira ofrece a Monteiro Rossi escribir para una nueva y breve sección de las páginas de cultura: “Efemérides”. El trabajo consiste en escribir anticipadamente las necrológicas de escritores vivos o las de los recién fallecidos. El joven acepta, y sugiere comenzar por Lorca. «Pereira sostiene haber respondido que García Lorca no le parecía el personaje ideal, de todas formas se podía intentar, siempre que se hablara de él con mesura y cautela, refiriéndose únicamente a su figura de artista y sin tocar otros aspectos que podían resultar delicados, dada la situación». La mecha que iba a poner en funcionamiento el maridaje entre ambos acaba de prenderse.

El personaje de Pereira es un maravilloso logro de Tabucchi por varios motivos. En primer lugar, a lo largo de la novela Pereira evoluciona azuzado por el contexto en el que se mueve. Partiendo de una postura despegada y un tanto reaccionaria, llega a comprender que la cultura (y, en concreto, el periodismo que él desempeña) tiene un papel en el mundo y no se compone de materia disecada, sino que está viva y se deja sentir. A pesar del desastre en el que se convierte su colaboración con Monteiro Rossi, esto le sirve a Pereira para conocer a Marta (la novia del joven), quien le acerca el activo compromiso político en el que la pareja está inmersa. Cuando Marta habla con Pereira y le dice que debería ser uno de los suyos, él repone que prefiere actuar por su cuenta y que, de hecho, no sabe quiénes son “los suyos”; Pereira, dice él mismo, es un periodista y no un cronista. La joven sentencia con un giro que supone un velado inicio de la transformación que se producirá en Pereira, casi un anticipo del camino que ya ha comenzado. «Nosotros no hacemos la crónica, señor Pereira, eso es lo que me gustaría que entendiera, nosotros vivimos la Historia».

Por otra parte, el personaje rezuma singularidad en todos sus movimientos. Los tics con los que se presenta contribuyen a dibujar su naturaleza de un modo único. Pereira no renuncia a esas deliciosas tortillas a las finas hierbas ni a la limonada que parecen ser el único alimento de su dieta; se informa indirectamente de lo que sucede en el país de boca de Manuel, el camarero del café Orquídea que termina siendo el heraldo de un periodista que no lee los periódicos; y, claro, Pereira no habla, sostiene. La historia es el resultado de una declaración a través de la cual el personaje afirma que todo lo sucedido fue así y no de otro modo.

Además, Pereira encierra un enorme significado que hace de él un personaje hondo y multidimensional. Su capacidad de representación no lo convierte en un mero arquetipo cerrado, sino que le permite encarnar en la ficción una visión de lo real que varía a tenor de la historia. Todo en la novela (Lisboa, Monteiro Rossi, Marta, el propio Salazar) está dispuesto para provocar a Pereira, para hacer necesaria una evolución que revele un personaje que es el mismo, pero ya es otro. El Pereira que vivía en la asepsia política, el que miraba al mundo (cultura incluida) como si fuera algo dado por un imperativo siempre ajeno, utiliza al fin la tribuna del Lisboa para denunciar el asesinato de Monteiro Rossi por cuestiones políticas. Las necrológicas toman vida y se mueven.

Conocemos a Pereira como un inquilino de la muerte y lo vemos más tarde transfigurado en un ser que apuesta por la vida a través del poder (y responsabilidad) de la cultura. Acaso porque, al fin y al cabo, puede que aquellas palabras que Pereira sostiene que le decía su tío sean ciertas: «La filosofía parece ocuparse solo de la verdad, pero quizá no diga más que fantasías, y la literatura parece ocuparse solo de fantasías, pero quizá diga la verdad».

© Jesús Barrio