Escritura Creativa. El Personaje. Aspectos teóricos. | Itaca Escuela de Escritura

Escritura Creativa. El Personaje. Aspectos teóricos.

Ítaca Escuela de Escritura. El punto de vista.

I - CUADERNO DE PROA: ASPECTOS TEÓRICOS

 

Aunque resulte obvio, comienzo afirmando que sin personajes no hay narración. Son ellos los que van a vivir los acontecimientos de la historia, y es imprescindible que, aparte de inventar una buena historia, construyamos de manera eficaz a nuestros personajes, de manera que resulten convincentes y que dejen huella en la memoria del lector.

¿De dónde sacamos a nuestros personajes? Lo más sencillo es que estemos alerta a quienes nos rodean. Quizá nos llame la atención alguien que vemos sentado en el metro o paseando por la calle; quizá un personaje público que nos fascina, o un familiar con una peculiaridad, o quizá una parte de nosotros mismos… Sí, cualquiera de ellos puede ser el germen de nuestra historia, pero, ojo, debemos diseñar sus diferentes facetas al margen de la realidad. ¿Por qué? Porque ya sabemos que la realidad y la ficción siguen leyes distintas y, si somos muy fieles a la persona que nos ha inspirado, seguramente el personaje no resulte creíble, ya que va a carecer de su propia identidad. Por tanto, perfilemos bien en nuestra mente quién es ese personaje que va a protagonizar nuestra historia. Tratemos de conocerle en profundidad, cuáles son sus costumbres, sus deseos, sus carencias, sus miedos… ¿Qué más debemos saber?:

-el nombre: no nos vale cualquiera que se nos venga a la cabeza; vamos a tomarnos un tiempo para decidirlo, y pensemos en aquel que contribuye a construir su identidad, teniendo en cuenta su origen social y el momento histórico en el que se desarrolla la acción. Es verdad que hay historias en las que no sabemos cómo se llama el protagonista. En estos casos, el objetivo es reforzar su falta de identidad. Acordaos de que Franz Kafka nombró como K a varios de sus personajes.

-un rasgo particular: puede ser un detalle físico que lo hace especial (por ejemplo, las inolvidables trenzas de Pipi Calzaslargas) o un rasgo de carácter (acordaos de la actitud nihilista de Bartleby, el escribiente).

-el espacio que habita o el tipo de lugares que frecuenta nos ofrecen una pista veraz de qué clase de persona es nuestro personaje.

-el modo de hablar: cómo se expresa el personaje (las palabras que emplea, el tono, el léxico, la jerga…) también será un rasgo distintivo.

-un objetivo claro, una intención: el personaje tiene que mostrar con claridad qué es lo que le mueve, que siempre está relacionado con el deseo. No puede pasearse por la narración sin rumbo fijo, existiendo y nada más.

Cuanto más concreto e individualizado sea el personaje, más fácil será que el lector crea que está ante un personaje real y sentirá empatía por él.

Una vez que ya conocemos a nuestro personaje, ya nos sentimos más seguros: hemos empezado bien. Sin embargo, cuando somos escritores principiantes, nos suele invadir la necesidad de contar todo eso que sabemos sobre el personaje, para asegurarnos de que al lector le queda claro cómo es. Y muchas veces lo hacemos al principio de la narración. Pero esto no funciona: no podemos dar toda la información de golpe en las primeras líneas, porque de esta forma impedimos que el personaje crezca a lo largo de la historia. Y esa es una premisa sobre la que debemos estar alerta: el personaje ha de adquirir volumen paulatinamente a los ojos del lector. Lo ideal es que, cuando aparece por primera vez el personaje, presentemos su rasgo principal (ya sea físico o psicológico o de comportamiento). Será este el que se desarrollará con mayor amplitud en la historia. Y lo haremos a través de sus acciones, sus palabras y sus pensamientos. Poco a poco irán apareciendo los rasgos secundarios, que están vinculados al principal para complementarlo e incluso para contradecirlo. El devenir del personaje a través de la acción provocará un cambio en ese rasgo principal que presentamos al principio.

Tipos de personajes

El escritor Edward M. Foster propuso en 1927 una nueva manera de clasificar a los personajes, no por el papel que desempeñan en la historia, sino por su grado de complejidad. Estos son los dos grandes grupos que comprenden esta clasificación: personajes planos y personajes redondos.

Los personajes planos cuentan con uno o muy pocos rasgos que los caracterizan. Son simples, carecen de contradicciones y no evolucionan a lo largo de la historia. Esto tiene que ser así porque no todos los personajes de una historia pueden ser complejos: si mostráramos a muchos personajes complejos en una sola narración, saturaríamos al lector. De modo que vamos a reservar esta característica para los personajes secundarios y los figurantes.

Los personajes redondos manifiestan múltiples rasgos, son contradictorios y en esa contradicción radica su riqueza. Suelen ser redondos los personajes principales, y vemos cómo evolucionan a lo largo de la narración. Aunque puede suceder también que el protagonista también sea plano. Esto suele ocurrir por ejemplo en las novelas de aventuras o en algunas de ciencia ficción o policiales. Son protagonistas de una sola dimensión porque no necesitan las contradicciones de un personaje redondo, ya que el foco de atención no está puesto en los dilemas del personaje sino en la intriga o en la acción. Nuestro reto como escritores será crear personajes coherentes que no sean del todo previsibles. Y, por supuesto, no necesariamente han de ser humanos. Cualquier animal, objeto o máquina puede protagonizar un relato. Ahora bien, deberán albergar sentimientos y características propias de un ser humano.

En definitiva, abramos bien los ojos porque nuestro personaje puede estar donde menos lo esperamos. Pensemos detenidamente sobre él o ella (o quienquiera que sea nuestro personaje) antes de meterlos en la acción de nuestra historia. Diferenciemos a los personajes principales (complejos y contradictorios) de los secundarios (un solo rasgo), y lancémoslos a vivir la aventura que tenemos pensada para ellos. Si conseguimos que el lector sienta que está ante personajes reales, si conseguimos que se produzca entre él y los personajes un vínculo afectivo, el lector no sentirá que está viendo tinta sobre el papel, sino a unos personajes que sienten, crean y respiran. Que viven su propia historia.

© Clara Redondo Sastre