Escritura Creativa. El manejo del tiempo. Aspectos teóricos. | Itaca Escuela de Escritura

Escritura Creativa. El manejo del tiempo. Aspectos teóricos.

Ítaca Escuela de Escritura - El manejo del tiempo

I - CUADERNO DE PROA: ASPECTOS TEÓRICOS

 

Uno de los aspectos más interesantes del narrador es cómo opera para contar una historia. Si empezamos con el uso de los verbos, uno de los modos del manejo del tiempo, podríamos decir que el presente es la inmediatez, que es potente y, a la vez, artificioso si queremos mantenerlo a lo largo de una narración extensa. Así, el futuro sería la posibilidad, lo postergado, el deseo. Y el pasado, la reflexión, la relectura, la perspectiva, el recuerdo.

Pero hay más aspectos que tener en cuenta a la hora de hablar del tiempo en una historia: la percepción que un personaje puede tener de ochenta segundos de su vida es que se le hacen eternos cuando peligra su integridad física, y muy corto si está almorzando con quien ama. También podemos transmitir esa sensación de extrema lentitud gracias a los gestos repetidos y monótonos, a las descripciones inmóviles, a las frases largas y subordinadas o al tiempo verbal en pasado (para denotar, por ejemplo, la angustia, la espera, la soledad o la expectativa). O podemos imprimir una velocidad de vértigo con verbos de movimiento, con frases cortas y coordinadas o con las formas verbales del presente (momentos intensos, terribles o de alegría, en cualquier caso, absorbentes).

Pero, además, hay otra forma de operar con el tiempo: la velocidad de una narración consiste en contar los sucesos deprisa (traducido esto en poco espacio en el papel) o lentamente (más espacio en el papel). Pues bien, de mayor a menor velocidad, podemos jugar con los siguientes recursos:

La elipsis. Las acciones no se cuentan, y el tiempo de lectura de dichas acciones no existe. Omitir pasajes de la narración nos permitirá, además, que la narración fluya o, incluso, generar intriga.

El resumen. Podemos contar días en una línea o años en un breve párrafo. El tiempo de lectura es infinitamente menor que el tiempo que duran las acciones. Resulta interesante recurrir al resumen cuando a pesar de que cierta información sea necesaria, no sea imprescindible detenerse en ella demasiado.

La escena. Tanto si la mostramos a través de diálogos como si la narramos, la escena requiere una unidad de tiempo, de espacio y de acción. Por lo general, se suele reservar este tipo de pasaje narrativo para momentos intensos de la historia, momentos que, a veces, son clave e, incluso, autónomos en sí mismos. La duración del tiempo que tardan las acciones en ocurrir es la misma que tardamos en leerlas.

Las descripciones. Hay quien las ama y hay a quien le aburre, pero lo cierto es que son un recurso excelente para recrear un espacio o una atmósfera. Lo que no se ve, no existe. De ahí que, bien trabajadas, resulten clave para hacer que un personaje, un escenario o una historia sean visibles y, por tanto, verosímiles.

La reflexión y el análisis. A veces los personajes se detienen a reflexionar sobre lo que hacen o sobre lo que les está ocurriendo. Es entonces cuando permitimos a los lectores que se sumerjan en su mente creando, a la vez, una atmósfera psíquica. El tiempo de lectura es mayor que el tiempo que duran las acciones.

La digresión y la suspensión. A veces los personajes reflexionan sobre algo que no está ocurriendo, que está fuera de la escena o del presente narrativo. O bien recuerdan algo o se van por las ramas con un asunto que en apariencia no tiene relación con la historia. Aunque estos momentos de suspensión narrativa hay que dosificarlos y manejarlos muy bien para no enlentecer demasiado la historia, resultan tan útiles como el recurso anterior, el análisis, para crear esa atmósfera psíquica, ese tiempo detenido, en palabras de Vargas Llosa, que se corresponde con los anhelos y con los temores, tan necesarios como las acciones que componen la historia.

Si nos tomamos a nosotros mismos como ejemplo cuando contamos una anécdota del verano, podremos comprobar cómo aplicamos de manera intuitiva o consciente estos recursos: pasaremos de puntillas por momentos anodinos y nos detendremos en los momentos más intensos.

En resumen, las diferentes velocidades de una historia imprimirán ritmo y amenidad. Porque el ritmo no es una cadencia que se mantiene de manera uniforme a lo largo de todo un texto; es, más bien, la pericia en el cambio de velocidades según el pasaje que nos propongamos contar.

Y qué duda cabe que la amenidad en un texto es fundamental a la hora de atrapar la atención de los lectores, ya provenga de unos personajes bien caracterizados, de un buen conflicto, de una tensión narrativa in crescendo o de un ritmo bien construido.

© Marisa Mañana