Escritura Creativa. El espacio y la ambientación. Semblanzas. | Itaca Escuela de Escritura

Escritura Creativa. El espacio y la ambientación. Semblanzas.

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IV - SEMBLANZAS: GEORGE SAUNDERS

 

En el país de la eterna (y publicitaria) búsqueda de esa Great American Novel, un autor publica su primera novela cuando se acerca a sus sesenta años. George Saunders es un nombre mucho más visible fuera de Estados Unidos desde que Lincoln en el Bardo (2017) ganara el Man Booker Prize. Esa amalgama de voces de finados en suspensión que tiene tanto de Shakespeare como de Faulkner, tanto de Rulfo como de Gaddis, tanto de griego como de irlandés, se distancia de las vetas que Saunders ya había explotado con profusión en su particular narrativa breve.

George Saunders nació en 1958, y durante un tiempo trabajó como ingeniero geofísico en Sumatra. Allí, cuenta el autor, trabajaba cuatro semanas consecutivas para descansar dos; en el campamento en el que vivía, a cuarenta y cinco minutos en helicóptero de la ciudad más cercana, se desató su yo lector y puede que el oficio de la escritura ya estuviera en una etapa temprana de su gestación. Hay quien dice que, tras año y medio en ese puesto, es una infección tras bañarse en un río lleno de excrementos de mono lo que le hace regresar a casa.

Saunders cambia de dirección y da tumbos entre trabajos como el de portero, albañil, dependiente y operario de matadero. Estudia Escritura Creativa en la Universidad de Siracusa, conoce a la que sería su mujer y ambos tienen dos hijas. Todo en tan solo tres años, tras los cuales el presupuesto familiar se revela insuficiente. Eso le lleva a trabajar como escritor técnico para una empresa farmacéutica primero y una compañía de ingeniería medioambiental más tarde. Y ya en 1996 publica su primera colección de cuentos, Guerracivilandia en ruinas.

Las historias de Saunders presentan la cruda sordidez del residuo capitalista, poniendo en primer plano al paradigmático e involuntario loser sin arrimarse al terreno de la piedad almibarada. Sus espacios narrativos son a menudo superposiciones del mapa sobre el territorio, y quienes por ellos transitan lo hacen tras haber naturalizado ya su humillación. Es la crónica de una realidad en sumisión, de un enorme centro de ocio en el que la lógica quién-divierte-a-quién funciona con el empirismo de una ley física.

En Pastoralia, el narrador trabaja en un parque temático en el que él y su compañera interpretan a una pareja prehistórica que vive en una cueva. Los visitantes (que contemplan la escena desde dentro de una especie de tubos de cristal) cada vez son menos y la dirección fomenta la competitividad entre sus empleados, esa ruina andante de un espectáculo ruinoso.

Pasamos la tarde entera simulando atrapar y comer pequeños bichos. Simulamos atrapar y comer más pequeños bichos de mentira de los que podrían llegar a vivir realmente en la cueva. El número de pequeños bichos de mentira que simulamos atrapar y comer llenaría, en verdad, una cueva del tamaño de nuestra cueva. Tengo la sensación de que estamos compitiendo. En un momento dado me lanza una mirada, como diciendo: más despacio, ir tan rápido no es realista. Así que lo hago más despacio. Voy más despacio, controlando la tasa de pequeños bichos atrapados y comidos, de modo que simulo atrapar y comer pequeños bichos a exactamente la misma velocidad con que ella simula atrapar y comer pequeños bichos, lo cual me parece prudente, quiero decir que no puede tener ningún problema con mi forma de simular atrapar y comer pequeños bichos si lo hago exactamente igual que lo hace ella. Nadie asoma la cabeza.

Nadie asoma la cabeza. Y los actores se afanan por parecer realistas para un público al que no le interesa ese realismo y está ya en otra parte.

En ¡Sé hablar!, un asistente postventa de la compañía “Amor de Niño” escribe a una clienta insatisfecha con el producto. El dispositivo (el modelo SH1900 de “¡Sé hablar!”) se coloca en el rostro de los bebés para que, por medio de la interpretación de sus movimientos labiales y de las frases que los adultos pronuncien alrededor, emita una voz que simule que el niño puede hablar.

No creo, señora Faniglia, que ningún bebé quiera pasarse todo el día haciendo bu, bu. A mí me parece que un bebé, cuando mira el mundo que tiene alrededor, piensa, aunque sea de alguna manera rudimentaria, sin palabras, «¿Qué diablos me pasa, por qué soy el único que hace bu, bu mientras toda la gente habla con frases completas?». De donde es muy posible que se produzcan daños psicológicos que duren toda la vida. ¿Estoy diciendo que su Derek corre el riesgo de sentirse a disgusto consigo mismo cuando sea mayor porque de bebé notaba que no sabía hablar bien? No; no soy quién para decir una cosa así, señora Faniglia, solo formo parte del Departamento de Ventas. Pero le voy a decir que no estoy dispuesto a arriesgarme con nuestro Billy. No me cabe duda de que cuando oye una voz competente, inteligente, que brota de la zona próxima a sus labios, se siente a gusto consigo mismo. Y yo me siento muy bien con él. No quiere eso decir que fuera antes distinto. Pero ahora podemos mantener algo parecido a una conversación. Y, además –y lo que es más importante-, cuando esa voz brota de sus SimuLabios aprende algo inestimable: que cuando finalmente comience a hablar, lo hará utilizando la boca.

Al salir de los cuentos de George Saunders, uno tiene una patética sensación de reconocimiento. El humor, la carcajada vuelta hacia sí misma, se interrumpen a través de un fundido en negro. Esa misma risa que siente fuera de lugar cuando, al mofarse de un amigo que en el primer plano de una fotografía aparece a horcajadas, con el cuerpo flácido y el sudor desbordando las axilas, se descubre allí detrás, en la misma imagen, más gordo, más viejo y más triste de lo que pensaba.

© Jesús Barrio