Escritura Creativa. El desenlace. Aparejo: consejos prácticos y ejercicios. | Itaca Escuela de Escritura

Escritura Creativa. El desenlace. Aparejo: consejos prácticos y ejercicios.

El desenlace. Escritura Creativa. Ítaca Escuela de Escritura.

III - APAREJO: CONSEJOS PRÁCTICOS Y EJERCICIOS

 

Como ya sabéis, las narraciones tienen una estructura básica (o clásica) con la que siempre se puede jugar, y que se compone de tres partes: planteamiento, nudo y desenlace. Cuando esta estructura gira en torno al conflicto del personaje, y este está directamente relacionado con el deseo, cada una de las partes tiene una serie de funciones. Pues bien, las del desenlace son básicamente tres.

Responder a la pregunta «¿Qué pasa con el conflicto?». Hay como mínimo tres opciones que no suponen tanto una solución como una resolución de la trama:

  • El conflicto se soluciona.
  • El conflicto no se soluciona.
  • Al personaje le da igual si e conflicto se soluciona o no (por ejemplo, porque ha madurado, o porque su deseo ha cambiado).

Reflejar el cambio en el personaje protagonista. Algo ha pasado en el transcurso de la historia y, tratando de resolver sus problemas, el personaje confía en sus vecinos, tira su móvil a la basura, le secuestra el sentimiento de culpa o se libera del yugo de sus superiores. Sea cual sea ese cambio, hay una suerte de huella impresa en él o en ella que marca un antes y un después.

Recoger los elementos principales diseminados en el texto. Puede tratarse de cualquier elemento que se repita: una acción, una palabra significativa, un escenario determinado o, por ejemplo, un objeto (este elemento es el que más fructífero me parece para un desenlace). Imaginad que el tema del que queréis hablar es el compromiso; quizá escojáis un anillo para representar la relación en lugar de recurrir a dicha palabra clave, «compromiso». ¡Bien! Así como acabe el anillo, lanzaréis una perspectiva concreta sobre el tema de fondo y, además, permitiréis que los lectores sientan que lo han descubierto (que lo han leído), cuando, en realidad, los habéis llevado de la mano:

  • El anillo se cuela por el sumidero del lavabo: quizá el compromiso se rompe.
  • Uno de los personajes compra un nuevo anillo: la relación se renueva.
  • El anillo se abolla: la relación se restablece aunque esté tocada por la crisis.

Tener muy claras las ideas en torno al deseo y al conflicto os ayudará a la hora de construir un buen desenlace. ¿Cuántas veces habéis sentido lo fácil que es empezar una narración y lo difícil que es cerrar bien? De hecho, hay quien dice que cuanto mejor es una historia más difícil es acabarla. Pues bien, estas son las preguntas que os propongo para trabajar vuestros desenlaces, es decir: vuestra narración debe responderlas claramente. Podéis trabajar con ellas antes de escribir la historia (si os gusta planificar, si sois escritores y escritoras de mapa); o mientras la escribís (si sois más anárquicos, si preferís la brújula), o cuando consideréis que ya tenéis un buen borrador:

  • ¿Qué quiere, qué persigue el personaje?
  • ¿Qué le impide conseguirlo?
  • ¿Qué está en juego si no lo consigue?
  • ¿Qué decide hacer para conseguirlo?
  • ¿Qué cambio o qué cambios provoca en el personaje llevar a cabo esa decisión?

Y para que vuestra narración no esté demasiado edulcorada ni sea demasiado trágica, pensad en la falta, en que casi nadie consigue absolutamente todo lo que se propone ni cuando quiere, ni donde quiere ni del modo que quiere sino que, en general, el deseo acostumbra a quedarse a medias, siempre a punto de ser alcanzado por completo: en otro momento, en otro lugar, de otra forma… Pues bien, estas dos preguntas, que me parecen esenciales, tienen que ver con el cambio, con esa huella que queda reflejada en la vida del personaje:

  • Si consigue lo que quiere, ¿qué pierde?
  • Si no lo consigue, ¿qué obtiene en compensación?

Un último consejo: la calma, la paciencia, el reposo y la revisión son buenas armas narrativas, así que no tengáis a la hora de construir un desenlace a la altura.

Muy bien, pues manos a la obra.

© Marisa Mañana