Entrevista a Ricardo Menéndez Salmón | Itaca Escuela de Escritura Ricardo Menéndez Salmón

Entrevista a Ricardo Menéndez Salmón

Ricardo Menéndez Salmón

—¿Cómo construyes tus textos? ¿Es la idea la que conjura la trama o es la trama lo que le sirve para deducir la idea?

Mis textos nacen siempre de una imagen que me perturba. Puede ser un incendio, como en La ofensa, una playa invadida por una marea de peces muertos, como en Medusa, o una pintura de Rothko, como en La luz es más antigua que el amor. Esa imagen pone en marcha la escritura, aunque lo hace a ciegas, pues no sé hacia dónde me dirijo. Si la imagen tiene éxito y sobrevive, si hay un lenguaje que la arropa, concibo una idea que la nutra: construyo personajes, los doto de sentido, genero un mundo. Pero siempre, indefectiblemente, el punto de partida es un hallazgo visual, la necesidad de poner palabras a una imagen poderosa.

—Todas tus novelas parecen girar alrededor de una idea, casi siempre de carácter filosófico: la maldad, la perversión, el sexo… ¿Crees que tu formación como filósofo condiciona tus textos narrativos?

La filosofía me ha regalado temas. Todas las grandes preguntas que nos hemos hecho desde la aparición de la conciencia; todas las que nos sobrevivirán cuando nos hayamos extinguido. En realidad, a partir de la decadencia de la filosofía como disciplina académica, hacia finales del siglo xix, entiendo que la novela es el lugar de privilegio donde estas grandes preguntas se recluyen. De Moby Dick hasta la fecha, no hay novela importante que no conjure a la filosofía. Recuerdo lo que advirtió Camus en El hombre rebelde: la historia de la literatura la construyen los novelistas filósofos. El resto es entretenimiento, fantasma, nada.

—Obras como La luz es más antigua que el amor están compuestas por historias independientes, al menos en el tiempo, pero trenzadas alrededor de la misma unidad temática. ¿Tienes algún secreto para lograr esta solidez temática?

Me agrada trabajar con la Historia como campo de sucesos y con la(s) historia(s) como relato que se inserta en ese marco más amplio. Toda mi literatura es un diálogo entre aquello que no podemos escoger (el momento en que nacemos, la tradición que nos conforma) y aquello que introducimos motu proprio en ese contexto determinista. De ahí mi interés por reflexionar sobre la Historia como teatro de operaciones. Y de ahí mi pasión por todo tipo de archivo o documento que encuentra acomodo en ella, sea o no ficción.

—Cuando escribes, ¿piensas en tus lectores como receptores del texto o eso es lo que menos te importa?

No me importa el lector. Y no digo esto por negligencia o despectivamente, sino que apelo a la evidencia. Es imposible saber quién recibirá el texto al otro lado, de modo que, en puridad, uno debería escribir (al menos yo así creo hacerlo) como si nunca fuera a publicar, como si su único corresponsal en el mundo fuera su propia inteligencia, su propia sensibilidad. Porque escribir, para usar una imagen de Valéry, es hacerse a uno mismo la visita del casero, entrar en uno mismo armado hasta los dientes. Si piensas en alguien del otro lado, falsificarás tu empeño.

—En algunas de tus novelas, como La ofensa, afrontas experimentos formales muy interesantes. ¿Qué importancia le das a este aspecto formal de tu prosa, en tus libros?

Mucha. En mi obra, cómo se cuenta es tan importante como qué se cuenta. De hecho, en los escritores contemporáneos que me interesan (Bernhard, Carrère, DeLillo, Gaddis, Michon, Sebald) hay una reflexión permanente sobre la forma que el texto adopta y por qué adopta esa forma y no otra.

—¿En qué trabajas actualmente?

Hace meses terminé una novela que aparecerá en invierno de 2016 en Seix Barral. Mientras tanto, estoy en barbecho.

—Como director literario de una editorial tan prestigiosa como KRK Ediciones, ¿cómo crees que está el mundo editorial hoy?, ¿qué medidas piensas que el establishment tendría que afrontar para mejorar la situación?

Pienso que hay una democracia radical en la mesa de novedades (nunca se ha publicado tanto y tan bien como hoy) que convive con una dictadura alarmante por parte de la crítica académica (sin ir más lejos, el canon de la narrativa española es inamovible hace años) y con el daño que provoca la escritura de consumo. El drama de la lectura, hoy, es que teniendo a nuestra disposición un mundo amplísimo, nueve de cada diez libros vendidos son basura. Dicho de otro modo: vivimos en un mercado en que sigue siendo más sencillo vender un millón de ejemplares de un único libro que un único ejemplar de un millón de títulos. España, al contrario de Francia o Alemania, por no mencionar a Estados Unidos, sigue siendo incapaz de generar esa masa crítica de lectores necesaria para que la literatura sea verdaderamente importante.

—Y como profesor, ¿en qué piensas que te es posible ayudar más a tus alumnos?

Por un lado, me interesaría que profundizaran en su agudeza como lectores; por otro, como creadores, que huyan de esa escritura de madera, pasteurizada, que tanto abunda en la literatura que se publica.

—Por último, por favor, recomiéndanos una lectura interesante para este invierno.

Los Cuentos completos de J. G. Ballard.

RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN