Entrevista a Elvira Navarro | Itaca Escuela de Escritura

Entrevista a Elvira Navarro

Elvira, tú eres escritora, profesora y también editora. Empezaremos por tu faceta como profesora. Cuéntanos desde cuándo das clases, qué consideras que es imprescindible en estas (en las que impartes tú, al menos) y lo que significa la enseñanza para ti.

Doy clases desde el año 2009. Antes trabajaba como correctora externa para editoriales, pero estuvieron seis meses sin pagarme y me pasé, con la ayuda de Antonio Jiménez Morato, a los talleres de escritura. Descubrí algo que jamás habría pensado sobre mí: que me gusta dar clase. Mi punto de partida es que yo no soy la única persona de la que los alumnos pueden aprender. Para mí es fundamental la dinámica de grupo, que haya una participación por parte de todos y que se puedan valorar diferentes puntos de vista sobre la literatura. Procuro asimismo que los alumnos descubran qué tipo de escritores son, y respetarlos y ayudarles desde ahí, desde lo que ellos buscan. Desde mi punto de vista, la enseñanza nunca debería ser dogmática. No hay nada más alejado del conocimiento que el dogma.

-¿Qué les pides a tus alumnos? ¿Eres muy exigente con ellos?

La verdad es que huyo de pedir y de exigir, salvo en cosas elementales como el respeto hacia los demás compañeros y a mí como profesora. Lo que procuro es motivarles, que siempre tengan ganas de aprender, y que en la clase pensemos entre todos. Cuando imparto teoría procuro partir de sus conocimientos previos, y sobre todo que se den cuenta de que ellos mismos pueden deducir, si piensan un poco y ejercitan la escritura, a qué razones obedece lo que se imparte.¿Qué les pides a tus alumnos? ¿Eres muy exigente con ellos?

-¿Qué te parece del todo imprescindible a la hora de tomar la decisión de escribir una novela? ¿Cuál consideras que es el principal obstáculo que el escritor deberá vencer?

Para mí es imprescindible tener la necesidad de contar, o explorar, algo que te atañe muy profundamente, aunque no creo que esto sea una ley universal. Habrá quien considere imprescindibles otras cosas y escriba desde ahí. Asimismo, tampoco creo que haya un escollo que sea más grande que otros. Considerar una cosa u otra como obstáculo principal depende siempre de las capacidades y las limitaciones de quien escribe.

-¿Cuáles son tus manías de escritora?

Me gusta escribir con una taza de té o de algún otro yerbajo al lado.

-En tu última novela, La trabajadora, lo metaliterario juega un papel importante. Tanto en las reflexiones de la narradora, Elisa, sobre su propio trabajo y sobre ese relato suyo que nos presenta, en principio, a modo de transcripción del de Susana, como en la conversación final, en “Pesquisas” (la tercera parte del libro), etc., la reflexión sobre la escritura ocupa una parte importante de la novela. ¿Por qué?

No fue premeditado. Quiero decir que la reflexión sobre la propia escritura no formaba parte de las ideas con las que arranqué a escribir, pero que ésta se fue imponiendo por razones de trama: necesité en un momento dado que la narradora, que en principio sólo iba a ser una correctora, se transformase también en escritora para poder trazar el paralelismo entre la suerte de su trabajo artístico y el de Susana. Y eso me llevó a la reflexión sobre la escritura dentro de la novela. A que la novela se cuestionara.

-En esta novela, por otro lado, hay numerosos elementos con valor simbólico o metafórico: los insectos, los hombres del camión, que recogen y disparan cartones, la deformidad de Fabio, la cárcel que ya ha desaparecido, los mapas y esa otra ciudad que perfilan, esa otra periferia… ¿Cómo trabajas el plano significativo de tus historias?

A mí no me funciona planear la escritura. Tiro de intuiciones. Quiero decir que, conscientemente, no le concedo un valor simbólico o metafórico a esos elementos, lo que no quita que el lector pueda atribuírselo, e incluso que yo se lo esté atribuyendo a un nivel inconsciente. Los insectos, el enano o la cárcel surgen como elementos que me resultan atractivos por contener un potencial semántico más connotativo que denotativo. Tampoco quiero dar a entender que la narración vaya sola. Digamos que controlo la parte más racional de la historia, pero que hay una zona de sombra que también se despliega, y que es necesaria, porque al igual que en la vida no entendemos todo lo que nos pasa también en las narraciones no entendemos ciertos elementos que aparecen, y esta oscuridad me resulta más verosímil que establecer un control férreo sobre el significado. Esto último lleva a un mecanicismo que le da a todo un efecto de cartón piedra.

-No vamos a desvelar el desenlace de la novela. Pero nos gustaría señalar que quizá Elisa descubre en Susana algo que no verbaliza precisamente porque le aterra, y que esa es la verdadera razón del rechazo final. ¿Nos quieres hablar un poco sobre este asunto?

Lo que Elisa descubre, o esa es mi hipótesis, es que hay demasiados elementos que se escapan de su control, y que la aterran. Quizás también descubre que Susana, a quien ha mirado por encima del hombro, tiene parte de razón en su forma de vivir. Elisa se descubre mediocre.

-Hay un momento en que la narradora dice que las personas que se suicidan tirándose por el Viaducto no están desesperadas, que simplemente son gente que ha llegado antes a su final y a la que mueve un espíritu práctico. También sobre la muerte, en otro momento, la narradora dice que el resultado de la conversión atea es que de repente “crees en la muerte. Crees en la muerte por encima de todas las cosas”. La muerte es uno de los temas principales de la novela, sin duda. ¿Es un tema esencial para ti, en tu literatura?

En La ciudad en invierno y La ciudad feliz la muerte, salvo tomada metafóricamente como cambio, no tiene protagonismo. Sí es cierto que en La trabajadora es un tema que asoma la cabeza en no pocas ocasiones, aunque no es el tema fundamental de la novela. Creo que la aparición de la muerte en el libro se debe a determinadas experiencias vitales. Hace no demasiado tiempo murieron prematuramente dos personas muy importantes para mí. Cuando eso ocurre sientes que la muerte llama también a tu puerta. Tomas conciencia de una manera más íntima de la finitud, y eso te lleva a una reflexión no teórica, sino relacionada con cómo asumes la desaparición de la gente que quieres y la tuya propia. Si la muerte es algo tan terrorífico se debe a que no la asumimos; sin embargo, cuando muere un ser que quieres estás obligada a aceptarlo. Y en fin, que también en lo que estoy escribiendo ahora la muerte es un tema presente, aunque ignoro si va a convertirse en uno de los asuntos fundamentales de mi escritura.

-Volviendo al asunto de las periferias, háblanos un poco de tu blog “Periferia” (www.madridesperiferia.blogspot.com) y cuéntanos qué es la periferia para ti, por qué te interesa de manera tan especial.

Abrí en 2010 el blog Periferia por dos razones: una era la de probar el formato blog, y la otra, más importante, fue la de desarrollar mi interés por los espacios urbanos, especialmente por aquellos sobre los que rara vez se escribe, como los barrios. Se tiene la idea, desde luego bien fundamentada, de que no hace falta escribir sobre los espacios urbanos porque gracias a la televisión, internet y demás ya tenemos una idea de ellos y no necesitamos describirlos a la manera en la que lo hacían los narradores del siglo XIX. Pero esto es así sólo con aquellos espacios que constituyen hitos, como por ejemplo el puente de Brooklyn. Las ficciones suelen desarrollarse en espacios reconocibles. Sin embargo, ¿qué pasa si yo quiero situar a mis personajes en Aluche? ¿Qué sabe un zaragozano de Aluche? Ahí hace falta volver a meter al espacio en la ficción. O en la no ficción, que sería el caso de mi blog. Además nunca en literatura los espacios son meros decorados. Las descripciones son subjetivas, y eso permite crear un ambiente y dar una visión de esos espacios. Y eso me interesa mucho como narradora.

-En La trabajadora, el personaje de Carmentxu nos presenta una visión negativa del mundo editorial. Háblanos un poco de tu faceta como editora. ¿Qué piensas sobre la evolución del mercado editorial, sobre cómo han cambiado los tiempos y sobre cuál crees que podría ser el futuro del libro, en cualquiera de sus formatos?

Bueno, ante todo debo decir que no me considero una editora. Podré decidir qué libros se publican en Caballo de Troya en 2015, pero creo que eso no me convierte en una editora al uso. Para empezar no me tengo que preocupar de cuadrar las cuentas, ni de la prensa ni de otros muchos asuntos de los que sí se encarga un editor. Sobre el futuro del libro prefiero no hablar, porque lo que diría sería una mera opinión sin fundamento. En cuanto al mercado editorial, bueno, ¿qué decir que no se haya dicho ya? Se compran pocos libros, y las editoriales pequeñas sobreviven como pueden. Tanto las grandes como las pequeñas necesitan best sellers para ser solventes, y con la piratería la solvencia es cada vez menor. Se dice que hay más lectores y quizás sea cierto, pero el mercado está muy fragmentado. Eso tiene una cosa buena, desde luego, pues a mi entender implica que hay más perfiles de lectores y, por tanto, más variedad en las propuestas.

-También como editora, ¿qué es lo que más valoras en una obra literaria?

Que sea interesante a nivel de forma y contenido. Esta separación es falsa, pero nos sirve para entendernos.

-Si tuvieras que elegir un libro entre todos (aunque ya sabemos que es imposible), ¿cuál sería este?

Elegiría Crimen y castigo de Dostoievski.

ELVIRA NAVARRO