Ángeles Lorenzo en nuestros cuadernos literarios | Itaca Escuela de Escritura

Ángeles Lorenzo en nuestros cuadernos literarios

Ángeles Lorenzo

 

Empezar a escribir. Los buenos comienzos

El arranque es decisivo. Lo que empieza a ras de tierra, a ras de ideación penosa, es imposible levantarlo. Hay que entrar en tromba en la cuartilla. (...) Los comienzos son importantes. Dan el tono y crean el ritmo.

Francisco Umbral

 

A todos nos ha sucedido alguna vez que nos han presentado, inesperadamente, a alguien que se encontraba descamisado, despeinado, con un aire innegable de desaliño, y que probablemente estuviera  ─más que otra cosa─ desprevenido. Y encima esa persona se ha sonrojado, y le ha dado por tartamudear, ha tropezado luego con la alfombra, sin querer nos ha dado un codazo al huir de nosotros hacia la barra, y al poco ha terminado tirándonos encima la taza de café. Qué inoportunidad en todo, qué desastre. Esa persona nos ha causado, sin duda alguna, una primera mala impresión.

Claro que no es verdad que solo cuente esa primera vez; pero, dado el inicio, es bastante improbable que llegue a darse una segunda oportunidad; aunque también puede que la haya, y que esa persona vuelva a encontrase desprevenida.

Con todo texto literario pasa lo mismo: esas primeras frases podrían seducirnos, deberían hacerlo, y convertirse así, nada más ser leídas, en la razón para seguir leyendo. Especialmente en el relato breve, como muy bien nos explicó Cortázar:

Tomen ustedes cualquier gran cuento que prefieran, y analicen su primera página. Me sorprendería que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos. El cuentista sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado al tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario. Y esto, que así expresado parece una metáfora, expresa sin embargo lo esencial del método. El tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen que estar como condenados, sometidos a una alta presión espiritual y formal para provocar esa "apertura" a que me refería antes. Basta preguntarse por qué un determinado cuento es malo. No es malo por el tema, porque en literatura no hay temas buenos ni temas malos, solamente hay un buen o un mal tratamiento del tema. Tampoco es malo porque los personajes carecen de interés, ya que hasta una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o un Franz Kafka. Un cuento es malo cuando se lo escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las primeras escenas.

 

El folio en blanco

Ya nos lo dijo Horacio Quiroga: que es preciso saber hacia dónde se va, cuando uno se sienta a escribir, desde el primer instante: “En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la misma importancia que las tres últimas”. También lo dijo Poe: que es preciso saber el final de antemano, antes incluso de empezar a escribir. E igualmente Borges insistió en ello, tanto que a menudo se le toma como ejemplo de autor que cumplió a rajatabla con esa consigna. Y es que no hay que olvidar que al escribir, por suerte ─y al revés que en la vida, en muchas ocasiones─, tenemos tiempo para pensar: para meditar con calma y tratar de empezar con buen pie. Y debemos hacerlo, ya que nunca se sabe si el lector va a seguir adelante tras los primeros párrafos: hay montones de libros ─a veces demasiados─ que esperan turno para ser leídos en las abarrotadas librerías; así que, por si acaso, conviene que nos lo metamos en el bolsillo nada más comenzar. Si la primera impresión es buena, lo demás estará por hacer, pero tendremos ya mucho de nuestra parte.

¿Pero cómo saber por dónde empezar? No es fácil, desde luego, y a menudo el miedo a la página en blanco añade un nuevo obstáculo a todos los demás. Por eso nuestro primer consejo es que, cuanto antes, empieces por alguna parte. No es que discrepemos de las opiniones de los maestros, desde luego que no. Se trata solo de que sabemos que para que un texto literario sea bueno normalmente es preciso escribirlo y reescribirlo varias veces, e incluso muchas. También sabemos que una vez que se ha empezado, perdido el miedo escénico que es propio del arranque, resulta más sencillo continuar. Esa primera fase de escritura, en la que la creatividad aflora y debe hacerlo, no ha de verse bloqueada por el exceso de autocrítica (debemos aparcar esta, por ahora, y utilizarla luego, en la revisión).

Así que te animamos a empezar, a tirar de algún hilo cuanto antes, con la tranquilidad que te dará saber que  después lo podrás corregir cuantas veces sean necesarias, y que podrás retocar también esas primera líneas o las podrás cambiar de sitio, o incluso eliminarlas; lo importante, por ahora, es que te sirvan para empezar. Y es que una cosa es el inicio de la escritura y otra muy distinta el que será luego el inicio del texto, en su versión definitiva.

 

Por dónde empezar

Claro que, sin duda, para empezar a escribir hay que tener al menos una idea aproximada de lo que se va a contar: el tema en el que queremos centrar el desarrollo de la narración, algún rasgo concreto del personaje que será el protagonista, una primera imagen que nos lleve a un lugar sugerente o a un tiempo que nos interese de manera especial… Hay infinitas posibilidades a la hora de iniciar el texto. Y, desde luego, en el caso de la novela (mucho más que en el caso del relato breve) debemos contar al menos con un primer esquema para apoyarnos, para empezar a definirlo todo un poco, al menos a grandes rasgos, y sabiendo ─también en este caso─ que luego vamos a poder corregir cuanto sea necesario todas las veces que nos haga falta.

En cualquier caso, volviendo al asunto en el que queremos centrar este tema, debemos tratar de seducir al lector, despertar su interés e incluso su necesidad de seguir leyendo, desde las primeras líneas. Porque hay que “entrar en tromba en la cuartilla”, como bien dijo Umbral. Por eso, nunca olvidéis que los inicios son fundamentales: no solo dan el tono y crean el ritmo; también definen el género, presentan la acción y a los personajes, abren expectativas, y despiertan en el lector, con todo ello, el deseo de zambullirse sin reservas dentro de la obra. Así que a continuación os vamos a recomendar algunas fórmulas que podemos utilizar para abrir la narración: maneras de enganchar la atención del lector que suelen funcionar y que es aconsejable que conozcáis y que practiquéis.

 

 

Fórmulas de apertura

●  Abrir con un diálogo entre los personajes, y hacer así que el lector se sumerja en la acción desde el primer instante, como sucede en este relato de Hemingway, “Las nieves del Kilimanjaro”:

─Lo más asombroso es que no duele ─dijo el hombre─. Así es como sabes que empieza.

─¿De verdad que no duele?

─En absoluto. Aunque lo siento muchísimo por el olor. Debe de molestarte.

─¡Por favor, no me digas eso!

─Míralos ─dijo él─. ¿Ahora es la visión o el olor lo que los atrae?

 

●  Utilizar una hipérbole es una buena fórmula, también. Por ejemplo, este es el inicio del relato “Los muertos”, de Joyce:

Lily, la hija del encargado, tenía los pies literalmente muertos.

 

●   Presentar la acción a través de una descripción sugerente que sirva para ambientar la historia de modo efectivo. Por ejemplo, el inicio de El castillo, de Kafka:

Ya era de noche cuanto K. llegó. La aldea yacía hundida en la nieve. Nada se veía de la colina; bruma y tinieblas la rodeaban; ni el más débil resplandor revelaba el gran castillo. Largo tiempo K. se detuvo sobre el puente de madera que del camino real conducía a la aldea, con los ojos alzados al aparente vacío.

 

●  Iniciar el relato expresando una paradoja o una ruptura de la lógica. Ni más ni menos que El Quijote comienza así, negándole el recuerdo a ese lugar sobre el que empieza, al mismo tiempo, paradójicamente, a hablarnos:

En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme […].

El inicio de El proceso, de Kafka, nos sitúa también, de lleno ya, frente a una situación que, más allá de la ruptura de la normalidad habitual del personaje, se deja ya entrever como absurda:

Alguien debió de haber calumniado a Josef K., puesto que, sin haber hecho nada malo, fueron a arrestarlo una mañana. La cocinera de la señora Grubach (su patrona), que cada día le traía el desayuno hacia las ocho de la mañana, no vino esta vez. Era algo que jamás había ocurrido y esperó aún un momento; desde su almohada veía a la anciana que vivía en la casa de enfrente y que observaba con una curiosidad nada habitual en ella; luego, sin embargo, desconcertado y hambriento a la vez, tocó el timbre. Acto seguido llamaron a la puerta, y un hombre a quien jamás había visto en la casa entró en la habitación. […] «Usted no se va, está arrestado». «Así parece», dijo K. «Pero, ¿por qué?», preguntó luego. «No nos han encargado decírselo. Métase en su habitación y espere. Acaba de iniciarse la instrucción del proceso, y se le informará de todo a su debido tiempo […]».

Observad, por otro lado, el inicio de La metamorfosis, también de Kafka. Fijaos en el modo tan sencillo y decidido con que la voz del narrador nos atrapa y nos mete en la historia sin dejarnos opción, sin permitirnos dudar siquiera un instante sobre la veracidad de la historia que así comienza. Todo lo absurdo (en este caso, lo kafkaino) de la historia pasa a ser natural, completamente verosímil, desde el primer momento gracias a esta apertura:

Cuando Gregor Samsa despertó una mañana de un sueño inquieto, se encontró en la cama convertido en un monstruoso insecto. Yacía sobre su dura espalda, parecida a una coraza, y veía, cuando levantaba un poco la cabeza, su estómago abombado, de color marrón, dividido por durezas arqueadas, sobre el que la manta, a punto de deslizarse hasta el suelo, apenas podía mantenerse. Sus numerosas patas, de una delgadez deplorable en comparación con su volumen corporal, vibraban desvalidas ante sus ojos.

 

●  Otra fórmula interesante, para empezar, consiste en expresar una condición para el cumplimiento de un deseo; porque en ella se encuentra, no solo la duda sino también la posibilidad de acción. Por ejemplo, en “Saldría a pasear todas las noches, de Atxaga:

Saldría a pasear todas las noches., porque la noche es muy bonita, lo mismo que la última hora de la tarde, que también es muy bonita, y eso es lo que hacíamos antes nosotros cuatro, el abuelo, Toby, Kent y yo, acabar nuestras tareas antes de que el sol se pusiera del todo y encaminarnos luego hacia el valle para pasear.

Algunos narradores expresan una suposición, y a la vez un deseo ─más o menos perverso─, como sucede en “Bienvenido, Bob”, de Juan Carlos Onetti, donde el complejo estilo del autor marcará desde ahí el resto del relato:

Es seguro que cada día estará más viejo, más lejos del tiempo en que se llamaba Bob, del pelo rubio colgando en la sien, la sonrisa y los lustrosos ojos de cuando entraba silencioso en la sala, murmurando un saludo o moviendo un poco la mano cerca de la oreja, e iba a sentarse bajo la lámpara, cerca del piano, con un libro o simplemente quieto y aparte, abstraído, mirándonos durante una hora sin un gesto en la cara, moviendo de vez en cuando los dedos para manejar el cigarrillo y limpiar de ceniza la solapa de sus trajes claros.

 

●  También Onetti, en su novela Los adioses, abre la historia empleando una voz narrativa que utiliza la reiterada negación (“no”, “nada”, “sin”, “des”…) para acabar afirmando lo esencial, en un gesto cuyo significado impregna de modo definitivo la historia entera:

Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada. Hizo algunas preguntas y tomó una botella de cerveza, de pie en el extremo más sombrío del mostrador, vuelta la cara —sobre un fondo de alpargatas, el almanaque, embutidos blanqueados por los años— hacia afuera, hacia el sol del atardecer y la altura violeta de la sierra, mientras esperaba el ómnibus que lo llevaría a los portones del hotel viejo.
Quisiera no haberle visto más que las manos, me hubiera bastado verlas cuando le di el cambio de los cien pesos y los dedos apretaron los billetes, trataron de acomodarlos y, en seguida, resolviéndose, hicieron una pelota achatada y la escondieron con pudor en un bolsillo del saco; me hubieran bastado aquellos movimientos sobre la madera llena de tajos rellenados con grasa y mugre para saber que no iba a curarse, que no conocía nada de donde sacar voluntad para curarse.

 

●  También podéis iniciar con un comienzo ex abrupto, como si el lector ya supiera de qué trata la historia, como si se encontrara ya situado en un punto que, sin embargo, aún desconoce. En el inicio de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, confluyen esta fórmula y otra ya mencionada, la ambientación, que además se ocupa de orientar la historia hacia lo mágico (da la marca del género), lo hace verosímil ante el lector desde el primer instante. La expresión “Muchos años después”, además de darnos esa marca de comienzo ex abrupto, nos sitúa en algún punto intermedio de la narración (in media res) y propicia un interesante juego de saltos en el tiempo (aludiendo también a un pasado de ese pasado que el personaje recuerda, según se dice):

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

 

Expectativas terribles abren, sin duda, las inquietantes primeras líneas de “El corazón delator”, de Poe. Además, el narrador se dirige a los lectores en un intento evidente (muy sospechoso) de justificarse:

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela, se abre con una interesante reflexión inicial también llena de expectativas igualmente violentas, que generan tensión dramática y que anuncian (y que no engañan en absoluto) el trágico destino del personaje. También el narrador se justifica, de modo muy significativo, como veremos:

Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte. Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas. Aquéllos gozan de un mirar sereno y al aroma de su felicidad sonríen con la cara del inocente; estos otros sufren del sol violento de la llanura y arrugan el ceño como las alimañas por defenderse. Hay mucha diferencia entre adornarse las carnes con arrebol y colonia, y hacerlo con tatuajes que después nadie ha de borrar ya.

 

●  Evocación sensual, cargada de sutil erotismo, llena de fuerza emotiva y de apasionamiento… Es lo que nos encontramos desde las primeras primeras líneas de Lolita, de Nabokov:

Lolita, luz de mi vida, fuero de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.

 

 El extranjero, de Albert Camus, cuenta también con un inicio muy especial: además del interesante juego de tiempos verbales, que nos hace saltar hacia atrás y hacia adelante varias veces en pocas líneas, en las que se refleja de modo magistral el sentimiento de extrañeza del personaje, esa distancia insalvable que le separa del resto de los seres humanos. El extrañamiento, uno de los recursos esenciales en la novela, está presente así desde el primer momento:

Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias». Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.

El asilo de ancianos está en Marengo, a ochenta kilómetros de Argel. Tomaré el autobús a las dos y llegaré por la tarde. De esa manera podré velarla, y regresaré mañana por la noche. Pedí dos días de licencia a mi patrón y no pudo negármelos ante una excusa semejante. Pero no parecía satisfecho. Llegué a decirle: «No es culpa mía». No me respondió.

 

●  Observemos ahora un ejemplo extremo del lenguaje desconcertado, balbuceante, coherente con el espíritu de la obra,  a tono con esos personajes que expresan, en los textos de Beckett, su sentimiento de lo absurdo, su particular nihilismo y su radical imposibilidad de encontrar un sentido en la existencia. Este es el inicio de El innombrable:

¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora? Sin preguntármelo. Decir yo. Sin pensarlo. Llamar a esto preguntas, hipótesis. Ir adelante, llamar a esto ir, llamar a esto adelante. Puede que un día, venga el primer paso, simplemente haya permanecido, donde, en vez de salir, según una vieja costumbre, pasar días y noches lo más lejos posible de casa, lo que no era lejos. Esto pudo comenzar así. No me hare más preguntas.

 

●  Por último, este es uno de los más conocidos inicios de la literatura universal. En esta breve y atinada reflexión, Tolstoi condensa no solo lo que será la esencia de la trama de su gran novela, sino también una de las principales razones de ser de la literatura de todos los tiempos. Se trata, por supuesto, del inicio de Ana Karenina:

Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada.

 

 

 

 

 

Bibliografía

● Atxaga, Bernardo: “Saldría a pasear todas las noches”, en Obabaoak. Barcelona, Ediciones B, 1997.

● Beckett, Samuel: El innombrable. Madrid, Alianza / Lumen, 2010.

● Camus, Albert: El extranjero. Madrid, Alianza Ed.

● Cervantes Saavedra, Miguel de: Don Quijote de la Mancha. Madrid, Cátedra, 2004.

● García Márquez, Gabriel: Cien años de soledad. Madrid, Cátedra, 2004.

● Hemingway, Ernest: “Las nieves del Kilimanjaro, en Cuentos. Barcelona, Debolsillo, 2012.

● Joyce, James: Dublineses. Madrid, Alianza Editorial, 2001.

● Kafka, Franz: El proceso. Madrid, Alianza Editorial, 2001.

● Kafka, Franz: El castillo. Madrid, Alianza Editorial, 2002.

● Kafka, Franz: La metamorfosis, en Cuentos completos. Madrid, Ed. Valdemar, 2010.

● Nabokov, Vladimir: Lolita. Barcelona, Anagrama, 1999.

● Onetti, Juan Carlos: Los adioses. Barcelona, Seix Barral, 2003.

● Onetti, Juan Carlos: “Bienvenido, Bob”, en Tan triste como ella y otros cuentos. Barcelona, Grijalbo / Mondadori, 1996.

● Poe, Edgar Allan: “El corazón delator”, en Cuentos I. Madrid, Alianza Editorial, 2001.

● Tolstoi, Leon: Ana Karenina. Madrid, Espasa Libros, 2013.