“Al que llamaron Jasón” de Óscar Amador Vicente | Itaca Escuela de Escritura

“Al que llamaron Jasón” de Óscar Amador Vicente

Le han despertado los pasos de Madre repiqueteando en el pasillo. Se pone de rodillas sobre la cama y al mirar por la ventana ve inserto en el cristal ese rostro deforme, como cera derretida, de pelo revuelto, que le mira asustado con su único ojo triste y acuoso. Es el rostro que aparece en los cristales o en el agua de vez en cuando, y tras el que ve, al otro lado de la ventana, el bosque a lo lejos, el lago como una lámina negra extendida, la luna en lo alto, una luminaria enorme y pálida, y distingue el montículo en el prado con las dos maderas cruzadas, y la oscuridad de la noche pone de fondo un telón oscuro a todo ello. Pero la visión de esa cara impresa en el cristal le obliga a retirar la vista mientras sigue escuchando los pasos de Madre, que avanzan y se detienen final del pasillo, posiblemente frente a la habitación de la niña a la que llamaron Ruth, al lado de la escalera por la que cayó y se rompió el cuello, la escalera que desciende al piso inferior y lleva a la sala grande en donde está la chimenea junto a la que Padre solía sentarse cuando aún estaba aquí y leía salmos del Antiguo Testamento, incluso en voz alta en ocasiones, que hablaban de pecadores que fueron castigados en forma de figuras de sal y ciudades devastadas por la ira de Dios, y mientras recuerda las lecturas de Padre escucha un crujido seco, similar al que hizo el cuello de Ruth, el chasquido brusco que produce una puerta al abrirse al otro lado del pasillo, y él, al oírlo, baja de la cama, corre hasta donde le permite la cadena que le ata por el tobillo y escucha con atención: es la puerta de la habitación de Ruth la que se abre, y comienza a sonar la melodía que tanto tiempo ha estado silenciada y Ruth escuchaba a ratos y que él oía desde su habitación y se la imaginaba entonces escuchando la música, tumbada, con sus rizos dorados extendidos sobre la cama, sonriendo con los ojos cerrados, y él sonreía también al imaginársela, sintiéndose contento al pensar que la niña era feliz porque, aunque solo la vio dos veces, además de la noche en que cayó por la escalera, verla le daba paz y alegría y ahora, mientras imagina a Madre tumbada del mismo modo que imaginaba a la niña a la que llamaron Ruth, recuerda su imagen a la perfección, que vio por primera vez porque Madre se dejó la puerta abierta en una de las ocasiones en que fue a su habitación a leerle en el Nuevo Testamento pasajes sobre cómo Jesús regaló su piedad y amor a los hombres y devolvió la vida a los muertos y ofreció la suya por nosotros, aunque le leía con la condición de que él, al que llamaron Jasón, jugase al juego de ponerse la máscara, ya que Padre así lo quería, y por la abertura de la puerta la vio a ella, con un vestido largo de color malva y el cabello rubio recogido en dos trenzas, y al verla la llamó, pero no pronunció palabras sino que emitió sonidos roncos y quejosos y al escucharlos Ruth se quedó quieta y gritó y sus gritos hicieron que Madre y Padre viniesen corriendo y entraran en la habitación y él se acurrucó en un rincón y lloró mientras la niña gritaba, pero Madre y Padre no le hicieron caso y Padre le gritó a Madre que era una descuidada, que algún día iba a ocurrir una desgracia, y salió de la habitación para volver al poco con una vara con la que le golpeó y él tuvo que aguantar los golpes mientras Madre, que también lloraba, se llevaba a Ruth y le decía a Padre que no era culpa de él ni suya ni de nadie y Padre le respondió que la culpable era ella, que el Señor la había maldecido con dos niños que nacieron muertos y el único que había vivido era un engendro del demonio, aunque Dios en su infinita misericordia al menos les había bendecido con Ruth, y siguió golpeándole más y más fuerte hasta que se quebró la vara, y después lo hizo con los puños mientras Madre se llevaba a la niña por el pasillo por donde sus pasos se alejaron y su sonido fue reemplazado por la melodía, la misma que ahora escucha en la distancia aquí, en la habitación, encogido en la cama a la que ha vuelto, medio agazapado entre las sábanas, en la oscuridad, temeroso de volver a mirar por la ventana por si está esperándole allí la cara, ese rostro que no solo aparece en los cristales, también lo hace en otros sitios, como pasó aquella mañana en la que Padre, Madre y Ruth se vistieron con ropas nuevas, con sombreros vistosos rematados con lazos de colores que ondeaban con el viento, y vio desde la ventana de su habitación cómo subían a la carreta y se alejaban por el camino que atraviesa el bosque y, al verles irse, sin saber por qué, quiso salir de su habitación, aunque para ello tuvo que forzar la cerradura de la puerta, y salió y así supo que en la casa había más habitaciones: una pequeña repleta de muñequitas de porcelana con graciosas caras blancas donde estaba la caja que al abrirla salía música, otra con una gran cama sobre la cual, colgadas de la pared, había dos maderas cruzadas iguales a las que hay sobre el montículo, y en el pasillo descubrió unas escaleras estrechas que subían y se perdían en la oscuridad y otras descendentes que llevaban a una gran estancia luminosa y agradable, por las que bajó a la sala grande donde Padre leía salmos, a veces incluso en voz alta, y de allí pasó a otra habitación en la que encontró todo tipo formas de distintos colores, olores agradables y sabores desconocidos que comió con deleite, y al regresar a la sala principal encontró una puerta estrecha que no había visto antes que daba una salita oscura tan solo iluminada por una cristalera en lo alto, con varios bancos de madera, y colgada de la pared la figura de un hombre que sufría y sangraba, y al ver aquel hombre sintió mucha lástima por él y lloró de pena y después regresó a la sala grande y se fijó en una gran puerta que abrió y al hacerlo encontró frente a sí todo aquello que veía por la ventana: el bosque, el camino, el lago, el prado, y al salir disfrutó de un olor que jamás había imaginado, como tampoco imaginó la suavidad del viento acariciando su cuerpo, ni el calor del sol en su piel que le producía una satisfacción hasta entonces desconocida, satisfacción que hizo que corriese sin rumbo y se revolcase en la hierba, que intentase hablar como aquellos seres que flotaban en lo alto y descansaban en las ramas de los árboles y que se acercase al lago para meter las manos en el agua fresca, y fue entonces cuando vio la cara mirándole desde dentro del agua con su ojo infame, un rostro que desprendía una alegría enfermiza, que mostraba una sonrisa grotesca de dientes desiguales, una cara unida a un cuerpo de hombros contrahechos y brazos retorcidos que formaban un conjunto horroroso que le hizo gritar y preguntarse por qué le perseguía la cara mientras que, sin dejar de gritar, corrió de nuevo agitando los brazos hasta caer agotado y vio el cielo y el sol, luego la oscuridad, luz y oscuridad otra vez, y más tarde la cara de Padre, y la de Madre, y Padre gritaba, le decía que era una irresponsable y que no servía para nada, ni siquiera para cerrar una maldita puerta en condiciones, y Madre lloraba mientras todo alrededor se le oscurecía y en ese momento fue cuando Padre le cogió en brazos y le llevó al interior de la casa, le subió a su habitación y le dejó sobre la cama antes de irse y regresar con una cadena y sus herramientas y, mientras martilleaba y serraba, decía que había que haberlo solucionado antes, que había que haberle ahogado en el abrevadero, como hacía la gente de bien, que era una obscenidad permitir que algo así viviese, y él le escuchaba pero no sabía a quién hablaba porque no había nadie más en la habitación y Padre jamás le hablaba, y continuó hablando un rato más y dejó de hablar cuando terminó de atornillar la cadena a la pared y, entonces, aprisionó su tobillo con la gran argolla que tenía la cadena en su extremo para después irse y dejarle allí solo y a oscuras, en la misma soledad y tiniebla en las que se halla ahora, ovillado sobre la cama, escuchando la música que le llega desde el otro extremo del pasillo. Y sabe que Madre está allí, en el dormitorio de Ruth, que cayó por las escaleras aquella noche en la que abrió la puerta de su habitación y penetró un par de pasos en la penumbra y él fue hacia ella tanto como le permitió la cadena que atrapa su tobillo para abrazarla como abrazaba a Madre y al hacerlo la niña a la que llamaron Ruth se zafó de él con violencia y gritó como la primera vez y corrió por el pasillo sosteniendo una llave en la mano y él también se asustó porque no le gustaba verla gritar e intentó ir tras ella, pero no pudo ir más allá ya que la cadena estaba tensa y no le permitía avanzar, y desde el interior de su habitación pudo ver que la niña comenzaba a bajar la escalera que lleva al piso de abajo y vio cómo caía por ellas y escuchó un crujido parecido a una rama seca al quebrarse y ella quedó al pie de la escalera, desarmada, igual que una muñeca de trapo, con la cabeza torcida, sin moverse, y Madre apareció al momento y gimió y gritó espantada y al poco llegó Padre con el hacha que utilizaba para cortar troncos en la mano y miró a la niña y luego a él, que seguía arriba observando a Madre sentada en el suelo con la niña en brazos, la abrazaba llorando pero ella no se movía, su cabeza quedaba colgando sobre su hombro, parecía mirar a Padre, que había comenzado a vociferar y a subir las escaleras levantando el hacha, aunque tan solo subió un par de peldaños ya que Madre le agarró, y al verle subir él se ocultó en un rincón junto a la cama y aulló un lamento afilado que se unió a los gritos de Padre y a los sollozos de Madre que aseguraba que se había caído sola y que no era culpa de nadie, y él escuchó desde su rincón oscuro los gritos y los golpes que venían de abajo, gritos y golpes que le aterraron y lloró y gritó también y se dio manotadas en la cabeza, porque recordaba a la niña al pie de la escalera, quebrada como una rama seca, recordaba el crujido, su cabeza colgando, y el llanto hizo que un dolor insoportable aplastara su cabeza hasta obligarle a guardar silencio, momento en el que oyó que no se oía nada, casi nada, porque sí que escuchó algo afuera; un ruido de tierra removiéndose que, cuando se levantó y miró por la ventana, vio que era Padre haciendo un hoyo grande en el suelo con una pala, en el que metió a Ruth, para cubrirla a continuación con tierra, y entre palada y palada entreveraba salmos y una vez la tapó por completo levantó un pequeño montículo sobre el que clavó dos tablas cruzadas para nada más terminar subirse a un caballo y desaparecer por el camino que atraviesa el bosque en medio de una polvareda y un estruendo de cascos que provocó que Madre, que seguía en el piso de abajo, llorase y gritase aún más fuerte que antes, mientras en la lejanía se perdía el galope del caballo sobre el que Padre se marchó para no regresar, al igual que la melodía que también se fue para no volver, hasta esta noche, en la que ha vuelto a sonar aunque, justamente ahora se detiene, descubriendo un silencio que precede a los pasos de Madre saliendo de la habitación de la niña, llegando hasta su puerta que, con un chirrido, se abre, y deja ver su figura a contraluz entrando en la habitación, viniendo hasta él y, una vez sentada en la cama, le ofrece uno de los dos vasos que trae en las manos mientras ella bebe del otro. Él coge el vaso y ella le acaricia el rostro desnudo ya que, desde que Padre no está, no juegan al juego de la máscara, y Madre tararea una cancioncilla que le sosiega mientras bebe el contenido del vaso, que sabe ácido y dulce a la vez, y la canción y la bebida hacen que vaya olvidándolo todo, incluso la cara del cristal, y ambos se tumban sobre la cama, uno junto al otro, y cierran los ojos en medio de la oscuridad tan solo difuminada por la luz de luna que entra por la ventana.

Óscar Amador Vicente